Bajo el título genérico y modesto, Marcelo dejó enjundiosos comentarios sobre obras de singular interés, así compartía sus conocimientos y los frutos de su agudo ingenio. La entrega de hoy corresponde al "Bolívar" del famoso escritor español D. Salvador de Madariaga, tan gratuitamente rechazado y hasta execrado por muchos “devotos” del Libertador. El trabajo crítico revela, desde el principio, un espíritu libre y ecuánime.
Al margen de mis lecturas, "Bolívar", por Salvador de Madariaga.- 2 tomos: Ed. Hermes - México - 1951.
Mucho revuelo produce la llegada de este libro, anunciado desde antes con especial énfasis. Apenas puesto a la venta en La Paz, la Sociedad Boliviana de Historia lanza contra él una resolución condenatoria. Otro escritor, Luis Terán Gómez, sigue igual senda. Se exige el pronunciamiento de las entidades de estudios históricos y se trata de colocar al lector ante un dilema: "O con Salvador de Madariaga o contra S. de M." Y entre líneas se lee: "O con Bolívar o contra él”.
Bajo este influjo comienzo mi lectura (25-X-51); pero en estos ligeros comentarios que si tienen algún mérito no es más que el de su espíritu prístino conocido y, con el valor de la primera lectura, quiero zafarme del dilema y decir mis opiniones. Tal vez unas contradigan otras, pues las iré escribiendo al concluir cada "Parte". El tomo I, que es a su vez el libro primero de la obra, comprende 4 partes, el prefacio y un apéndice, más las nutridas notas a cada capítulo (691 pág.).
La primera se subtitula "El Hombre y su Tierra" (El Primer Libro "Fracaso y Esperanza") y comprende 9 capítulos divididos en secciones. Éstos, por su orden, son: La tierra, Las raíces, El hogar, Los cielos mentales, Los tiempos, A España por Nueva España, El matrimonio español, Los años errantes y El Hombre.
Llama mi atención, en primer término, la frase que alude a las páginas del libro del propio autor, aunque de otra obra: "los hombres no pueden tomar posesión de la tierra sin que la tierra tome posesión de los hombres". Desde ya me impresiona el concepto, quizá porque hallo en él una verdad que ya fuera probada, y tal vez escrita, por los conquistadores de nuestra tierra, y en especial por Chaves que es para mí paladín de buenos españoles en Indias.
No hallo todavía, al terminar la primera parte, ese espíritu de facción, esa falta de sindéresis, ese continuo mentir que ha provocado las furias de los bolivaristas. La forma de exponer los hechos, de pintar las cosas y de meterse en el alma de los personajes me gustan.
Y una cosa más. Acostumbrados a leer las conocidas biografías del Libertador, no todas ellas libres de errores pero sí ecuánimes en el elogio, el ditirambo y hasta en el odio a lo español, considero ésta útil. Todo hasta hoy —salvo excepciones honrosas— nos fue dado bajo la vigilancia de los encargados de la fama de Bolívar gloriam, y ahora tenemos una visión española.
¿Que es parcial? Como la otra, pero de distinto ángulo (nadie puede no verlo en el caso de Bolívar). ¿Que mira la epopeya como guerra civil entre españoles? Nada desmerece a la hazaña. ¿Que ahonda los resquemores en "ambos muñones hispánicos"? No lo creo, pues hace pensar en una mutilada fraternidad —sólo entre hermanos se puede pelear así—, hasta ahora ausente de la literatura hispánica.
Hablando de "Las raíces" hundidas en el ancestro tras 60 apellidos, salta la primera piedra de escándalo. Dice Madariaga que Bolívar no era blanco puro y que su bisabuela era "parda", más bien zamba. Pero en estas épocas de democracia, humilladas en la sima absurda de la derrota de los prejuicios sociales y los delirios del superhombre, ¿es posible que esto sea una ofensa, una mancha en nada menos que el Libertador? Nunca, si bien se piensa y si de ello se vale el autor para explicar la compleja personalidad del hombre blanco, negroide —aindiado— y hacerlo meter sus raíces en el continente. Bendita la hora en que "la Madre" fue zamba; posiblemente hizo que por oscuros caminos lleguen a lo hondo del alma de Bolívar las voces ancestrales de esclavos y de siervos, a gritos por su libertad.
O si sólo fueran las remotas raíces afro-indianas, nada se conseguiría. Pero ellas llegaban al poderoso canal español, clave del alma grande de Bolívar. Bien dice el autor que Bolívar "hubiera sido como figura histórica mucho menos representativa como ser humano, mucho menos complejo, como americano y mucho menos arraigado en el suelo del Nuevo Mundo, de haber sido blanco puro" (T. I. 7, p.57). Y esto hispánico, individualista, capaz de tirar lanzadas a los molinos si es por un ideal, es lo más.
La tal vez demasiado rígida disciplina del autor, que desecha por falta de pruebas muchas de las anécdotas que conocemos desde la escuela, no es de criticar si con ello no se mancilla el honor de nuestro héroe, y antes bien se lo libra de caer en boberías, y un espíritu tan severo da a veces satisfacciones no pensadas. Así en lo del juramento del Monte Sacro, la desconocida versión que Madariaga llama "popular" vendrá más a la realidad, pues en ocasión tal, más que un discurso o que una serie de invocaciones, es creíble una explosión como aquella de Tejero Rodríguez, que libertaré América del dominio español, y que no dejaré allá ni uno de esos "carajos" (nota 3 al par. 6 del cap. VIII pág. 662) en un ánimo tan violento como el que le conocemos.
Algo que aún no cuaja en mí es la certidumbre de Madariaga de que él prefirió, dizque, la influencia de Napoleón, y que a ella hubiera que atribuir la independencia. Lo que se diga después aumentará o disminuirá mi duda.
El estudio del alma de Bolívar, tan hondamente influenciada por la temprana muerte de la esposa y por la ausencia de la mujer —no de las mujeres— en su vida, es algo magistral.
Y no pueden tacharse de aventuradas las opiniones sobre la tierra, la época y la ascendencia.
Interesante para nosotros la noticia de que el apellido Xedier, que figura en el tronco bolivariano, tome su rama en Potosí, y allí actuó con brillo en las luchas entre vicuñas y vascongados, y también la analogía que hace el autor entre el Xedier de Potosí, revolucionario, y este Bolívar y... Xedier, igual (I, XI, 50).
Sobre el mismo particular vuelve con más amplitud el autor en el cap. IX, donde más ahonda en el problema, o por mejor decir en la ventura que para Bolívar y para todos resultó de su mezcla de razas. Y ahí se entiende cómo, aunque no existieran hoy las doctrinas en boga sobre la igualdad de los hombres por encima de la sangre, la negación de la pureza blanca viene a ser la clave de la más grande y sublime actitud del Libertador.
Escrito en 1951 y publicado el 9 de junio de 1991 en EL DEBER.

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