Muy estrechos vínculos de compañerismo y de afinidad espiritual me unieron a Marcelo Terceros Banzer desde la juventud. Por eso, el saber que se ha muerto inesperadamente, en Santa Cruz, dejando a los suyos y al círculo amplísimo de sus amigos sin poder reponerse de esta pérdida tremenda, fue para mí como un golpe seco, de esos que repercuten en la memoria, en el corazón, en el cerebro, de esos que provienen de una impresión que cuesta asumir como realidad definitiva y que cuesta mucho más todavía traducir en palabras, reflejar en algo escrito, en testimonio de amistad, en homenaje a lo que uno siente presencia aún cálida y cercana.
Pasan pocas semanas de mi último encuentro con Marcelo. Nos vimos en Santa Cruz, adonde habíamos acudido, mi mujer y yo para estar presentes en el gran momento que se vivió allí y en otras ciudades de Bolivia en ocasión de la visita del Papa. Recuerdo claramente sus opiniones sobre el significado de ese viaje memorable, cuyos efectos él deseaba que perdurasen como algo vivo, como una fuerza verdaderamente transformadora en el ánimo de los bolivianos. Gracias a Marcelo Araúz, director de la Casa de la Cultura, preocupado por hacer de su ciudad un lugar de benéficos encuentros entre personas llegadas de diferentes regiones del país, estuvimos reunidos amigos entrañables, todos muy ligados a Anita y Marcelo Terceros. El tema principal tuvo que ser, naturalmente, en aquel almuerzo, la presencia de Juan Pablo II en Bolivia y la riqueza del contenido de cada uno de sus mensajes. Ninguno de los presentes habría podido pensar que a los pocos la palabra de Marcelo Terceros Banzer iba a ser sólo un recuerdo, el de un amigo dotado de extraordinario sentido humano, que sabía juzgar las cosas de la historia y del presente con profundidad y serenidad a la vez, valorando a los hombres y los sucesos de la vida nacional con simpatía cordial, con elevado espíritu de comprensión.
La vida de Marcelo estuvo orientada fundamentalmente por dos grandes ideales: la fe religiosa y el patriotismo. De lo primero supo dar testimonio en forma permanente en su hogar, en su profesión en sus escritos, en el ejemplo de limpieza moral que fue toda su existencia. De lo segundo quedan los frutos de su labor de historiador encaminada a dar a conocer valiosas fuentes de los orígenes hispánicos de Santa Cruz, así como los que resultaron de su actividad institucional a favor de empresas tan notables como COTAS, la compañía modelo en Bolivia de servicios telefónicos, o su contribución a la organización y buena marcha de la Academia Cruceña de Letras. Mención aparte merece su labor diplomática como Subsecretario de Relaciones Exteriores y Embajador de Bolivia en España y en Brasil. Y algo que no puede olvidarse: su actividad política en la juventud, luchando por la buena causa de un nacionalismo de buena ley, bajo una inspiración cristiana e hispano americanista, que le valió persecuciones y sacrificios que él supo afrontar con entereza e hidalguía, dando en la hora de la serenidad la oportuna palabra de perdón y reconciliación.
Como Embajador en España, Marcelo Terceros realizó una labor espléndida, reconocida por todos, según me fue grato apreciar a través de mis amigos españoles y bolivianos residentes en Madrid. Fue tal vez en esa etapa de su vida cuando la personalidad de Marcelo brilló a mayor altura, cuando supo dar lo mejor de su talento y sus singulares virtudes de caballerosidad, simpatía y rectitud moral. A ese cargo le había llevado ante todo una vocación. Pues él era un hispanista dorado de sólida formación intelectual, postura que supo defender siempre con dignidad y coraje, a fuer de cruceño de bien, que se ufanaba de poder la estrofa del Himno de su tierra que rinde homenaje a quienes plantaron en ella “el signo de la redención”.
Pero esto no significó de su parte, en ningún momento, una actitud de adulación o pleitesía a las autoridades ante las que ejerció sus funciones. Marcelo cumplió la representación oficial de Bolivia sin perder jamás altura, sabiendo ganar para su país y para su misión el respeto a que son acreedores los que desempeñan una representación diplomática sin faltar a las exigencias del patriotismo y las que impone el cumplimiento del deber.
Como en Madrid, también en Brasilia Marcelo y su esposa supieron granjearse las simpatías generales. Me lo decía hace poco un Embajador uruguayo de gran trayectoria en la diplomacia de su país, Carlos Manini-Ríos. El Embajador Terceros, me decía éste, dejó en Brasilia el recuerdo de un gran boliviano, de un culto Jefe de Misión, como uno de los diplomáticos más distinguidos entre los latinoamericanos residentes en esa capital.
Con todo, la diplomacia fue para Marcelo una tarea eventual, que cubre unos cuantos años de su vida. Pero su labor más eficaz y duradera fue la que él cumplió en su ciudad natal, a la que tanto amaba. En ella ejerció un magisterio especial, no sólo en la cátedra universitaria, sino a través de su influencia personal, en ese doble juego de receptividad y entrega que él cultivaba como nadie, siendo un centro de atracción de gente de diferentes edades, para tratar asuntos de historia o de política, de intereses regionales o de preocupación por la vida de la Iglesia, a la que sirvió como laico comprometido, como hombre de consejo y de acción.
Pienso que el legado fundamental que deja Marcelo Terceros Banzer a la cultura viva de su tierra cruceña es el haber sabido demostrar cómo pueden conjugarse fecundamente el amor al terruño con el sentimiento patrio, las dos fidelidades perfectamente armonizables, de acuerdo con una visión moderna delo que deben ser las vías racionales de la integración. Dentro de cada país es necesaria la integración de regiones entre sí, superando a la vez los males de la disgregación y del centralismo absorbente. Pero, más allá de lo nacional existe ella realidad comunitaria de la que forman parte todas las naciones latinoamericanas. Marcelo tenía muy claras esas nociones de la sucesiva y recíproca integración de lo regional en lo nacional, de lo nacional en lo latinoamericano, también está en su forma recíproca. Él supo siempre ser fiel, de un modo ejemplar a las raíces de la historia así como al compromiso de nuestros pueblos en la proyección de su destino solidario.

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