Aquí cierra Marcelo, enfocando la situación política, su visión general de la Patria boliviana, con expresiones y conceptos reveladores de la madurez de su juicio, de su honradez cristiana y de una objetividad no afectada siquiera por antecedentes personales (despiadada persecución y acerbos sufrimientos y prisiones). Él nos dejó ejemplo de pensador sereno, hombre limpio y patriota veraz.
III) LA SITUACIÓN POLÍTICA
Para concluir esta visión general —dada a brochazos que no a pinceladas— permítaseme una incursión, por lo menos superficial, en el panorama político boliviano.
Desde la fundación de la República en 1825 hasta fines del siglo XIX, allí imperó un sistema de caudillajes —bárbaros o letrados, según la clasificación del historiador Arguedas— que se tradujo en dolorosas pérdidas territoriales, ruinoso atraso en la marcha del progreso y enconadas rencillas interiores. El sistema de partidos sólo apareció en la última década del 800, primero poniendo en juego a los "conservadores” contra los "liberales", después —ya en el siglo XX— a éstos contra los "republicanos", pero todos moviéndose en los medios sociales y económicos más elevados, con escasa participación popular y absoluto olvido de grandes sectores. La guerra del Chaco (1932-1935), librada con el Paraguay, marca un hito importante en la historia política boliviana. Pareciera que en las trincheras y en los campos de prisioneros naciese una toma de conciencia comunitaria y así se ve que, desde 1936, entran en actividad partidos políticos de juventud, de tendencia social, que jugarán los principales papeles en los años siguientes. Un Partido Socialista, que luego se confundirá en el grupo de los "tradicionales" (rótulo en el que se engloba a todos los partidos viejos); la Falange Socialista Boliviana, primero movimiento juvenil y después de 1952 la principal fuerza opositora; el Partido de la Izquierda Revolucionaria, marxista y de gran arraigo entre intelectuales, hasta su desaparición; el Movimiento Nacionalista Revolucionario, en el poder desde 1952, con fuerte apoyo de masas pero fracturado en sus cuadros directivos; el Partido Social Demócrata, de brillantes dirigentes y escasa militancia; el Partido Comunista, pequeño pero activo, como en todas partes, y varios otros grupos menores, forman el abigarrado cuadro político de Bolivia.
De 1936 a 1952 hay todavía un forcejeo entre las tendencias tradicionales y las nuevas, que pueden traducirse, por un lado, en el Gobierno civil del General Peñaranda (1940-1943) y en el período Hertzog-Urriolagoitia (1947-1951); y por el otro, en el ensayo del Coronel Busch (1937-1939) y en el régimen del Coronel Villarroel (1943-1946), ambos finados violentamente con la muerte de sus conductores. En 1952, luego que se desconoció estúpidamente su triunfo electoral del año anterior, subió al Gobierno el Movimiento Nacionalista Revolucionario, no sin librar una cruda batalla de tres días en las calles de La Paz contra las fuerzas del Ejército y con el apoyo de los comunistas, que desde entonces practicaron la táctica del "entrismo" en las filas del partido.
Van diez años de régimen y el propio Presidente Paz, que ahora ejerce su segundo período, ha debido reconocer que todo ese tiempo ha sido de orden negativo, es decir, de desmonte de unas estructuras sin haber podido reemplazarlas aún por otras. No obstante de que en mi país yo me alineo en la oposición, trato de exponer aquí, objetivamente y sin ánimo crítico, unas realidades que es preciso que se conozcan fuera de casa.
Nadie que piense honestamente y con visión de futuro puede afirmar que habría que retrotraer la situación nacional a la anterior a 1952. Los pasos fundamentales del régimen del Dr. Paz —díganse nacionalización de minas, reforma agraria, diversificación de la producción, participación de todos en el quehacer político— eran medidas ineluctables que él o cualquiera en su lugar debieron tomar. Habrá que reconocerle en su haber histórico el hecho de que fue a él y a su partido a quienes les tocó hacerlo, con toda la decisión necesaria y frente a todos los riesgos que ello suponía. Pero ya la realización de esos ideales nacionales —que tanto eran tales que todos los partidos principales (MNR, FSB, PIR) los tenían inscritos en sus programas— no cuentan con el consenso general. La nacionalización de minas, que teóricamente vino a arrebatar de manos de unos poquísimos el poder económico que determinaba el poder político en Bolivia, ha fracasado; y mientras los dueños no sólo han recibido jugosas indemnizaciones (20.000.000 de dólares en cifras redondas) sino que siguen manejándolas con su trust y su dominio de los mercados, la Nación soporta un peso aplastante derivado de la anarquía sindical, al extremo de que ha llegado a decirse, por uno de los jerarcas del régimen con sabiduría popular, que si antes Bolivia vivía de las minas, ahora son las minas las que viven de Bolivia.
La reforma agraria se ha convertido en un simple expediente partidista, de control cerrado del voto campesino, pues si se han entregado parcelas a los indios no se les han proporcionado los medios para que las cultiven (en vez de arados se les dio fusiles) y la producción agrícola bajó escandalosamente, con la paradójica excepción de la de aquella zona del país en que no se había aplicado la reforma. Es verdad que en el campo ya va desapareciendo el latifundista improductivo o el gamonal explotador, que hasta no hace mucho señoreaban la tierra como pudo ser en el Medioevo; lo mismo que ya no se ve el lastimoso y enervante espectáculo —yo lo sufrí una vez— del pobre hombre indígena que para hablar a otro más pobre hombre blanco se arrodillaba en el suelo; pero en el campo surge ahora el dirigente sindical que cobra tributos personales y expulsa a sus congéneres de la zona, cuando no les quita la vida, y aparece el agitador comunista que enciende la lucha de razas y aviva unos rescoldos que parecían apagados desde la Conquista.
El voto universal es sólo maquinaria de perpetuidad en el poder y no expresión de una voluntad libre ni de un juego democrático de partidos, sin entrar a considerar la conveniencia de poner en manos de los analfabetos —pasto de los demagogos— la suerte de la Nación. Y si la diversificación de la producción ha logrado unos progresos notables, especialmente en el campo agropecuario y en el petrolero, a su sombra han nacido fortunas alimentadas del favor oficial, que se han vuelto tan escandalosas que ahora es el propio partido el que las denuncia y las persigue.
Y así tenemos que unos principios justos y de una licitud indudable, en cuya defensa ha de unirse toda la conciencia nacional porque de su éxito depende el futuro de la Patria, han dado lugar, por su aplicación con mezquino sentido partidario, a una de las épocas más difíciles de la de por sí difícil política boliviana.
Partiendo de la base de lo actual, pues no hay que ser tan ciegos que se desconozca la validez de lo real e irreversible, se presentan dos alternativas, las de siempre y las de todas partes: o se va por el camino difícil e ingrato de señalar yerros y procurar soluciones, que han de ser cristianas y por eso mismo humanas; o se cae en la senda comunista, embozada o franca, pero destructora al fin. Una postura intermedia, un alto en el devenir, es imposible y perjudicial.
Quiera Dios iluminar a nuestros políticos y otorgar a esa tierra, que proclama en su paisaje y en su gente las maravillas de la Creación, un futuro de paz, de progreso y de bienestar.
Así es Bolivia. Así es esa tierra. Así son esos hombres. Bien sé que mis palabras no traducen toda la verdad y lamento no tener a mano algunas imágenes que vengan a mi auxilio. Pero si el sentimiento puede iluminar unas formas imperfectas, estoy seguro de que algo de lo que quiero deciros habrá calado algo en vuestros espíritus de amigos de América.
Porque yo puedo decir —y a fuerza de sincero lo digo con frases de españoles— "que porque no me gusta es que amo a mi Patria y porque la amo así, me está doliendo en el cogollo del corazón".
Escrito en 1972 y publicado el 19 de agosto de 1990 en EL DEBER.

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