
Espigando la obra, para hallar las más finas hebras del amplio criterio de Marcelo, transcribiremos ahora de lo pertinente a la segunda parte del libro español, primero de los capítulos, lo concerniente al primer motivo de los pronunciamientos y, luego, sobre la influencia napoleónica y la guerra como contienda civil.
Hay en el cap. XI expuesta una interesante teoría, no por ello muy original. Es la que da como principal motivo de los pronunciamientos el espíritu localista y municipal propio del mundo hispánico, y que no fue muerto con los Convenios sino que se mantuvo latente hasta que llegó el momento oportuno. Mientras los españoles peninsulares organizaban sus juntas por libertarse del impuesto Rey José y del Emperador Napoleón, los españoles americanos se levantaban —con bien medidas proclamas de fidelidad al Rey (notoriamente a Fernando VII, no a España)— en procura de su mayoría. El caso nuestro de Chuquisaca es típico. Lealtad al "muy amado Fernando VII" fue la divisa tras la que se ocultaba el verdadero propósito de los americanos.
Vuelve el autor a traer a colación la para él decisiva influencia napoleónica en la independencia americana, pero me convenzo más de lo forzado de la conclusión. Si era el espíritu que alimentaba estos hogares el que hizo encender tan feroz lucha, ¿no resulta Napoleón un nuevo accidente histórico, un pretexto que, como cualquier otro, hizo posible el estallido?
A la copiosa pregunta formulada por el autor en el título del cap. XV, habría que contestar con sus mismos argumentos. ¿De qué? De la mal disimulada subordinación en que estaban los países y los criollos americanos. Claro que la independencia se hizo entonces por y para los criollos españoles, que hasta ahora, y con muy raras excepciones, son los que continúan ejercitando el poder que ya tenían —aunque en menor escala— durante el período hispano. Los indios no contaron entonces, como tampoco cuentan hoy miles de ellos. Pero lo cierto es que acá y allá "el día que la nación española se alzó para exigir que volviera su Rey, se alzó para exigir, y se alzó. Y al alzarse en sí, y al alzarse para exigir, eran hechos hondos, sustanciales en la Historia...” como dice S. M. (Pág. 218, cap. XII, par. 2).
Conformes estamos, como ya dijimos, en pensar que la de la independencia fue una guerra civil —y por si esto fuera poco—, una guerra civil española. Así queda explicado cómo en toda América se dieron casos numerosísimos de españoles europeos fieles a la causa americana, y muchos de criollos americanos o algunos indios que sirvieron al Rey con su lealtad realmente española. Nuestro Aguilera y el General Álvarez de Arenales son entre nosotros ejemplos clásicos de lo dicho, y retratos de lo que entonces ocurría en las sociedades que en este gravísimo conflicto interno por uno u otro partido se habrían de dividir.
El mismo Madariaga, que tiene que estar, aunque a un siglo de distancia en el tiempo, muy cerca en el espíritu de esas luchas y por consiguiente comprometido en una de las banderías, dice que en los primeros momentos el movimiento americano era leal y sincero. Mas, ¿leal a quién y sincero con quién? Pues con América, con los americanos, con sus propios intereses.
Se dice allí que era una ínfima minoría la realmente separatista; pero ¿quién desconoce que todos los grandes movimientos sociales, que todas las más profundas revoluciones humanas —incluso el cristianismo— han sido obras de minorías selectas? Pues los americanos no podían hurtarse a la regla y los pocos que pensaron, desde el primer día, en la separación, lo hicieron con plena conciencia de su obra y con visión genial. Que hubo que luchar ferozmente es lástima, pero no podía ser por menos en el nacimiento de América a la libertad, y es que no faltó ni el sanguíneo fuego en los momentos estelares de la historia ni el sonrojado amanecer de los partos en nuestra misma redención.
El cap. XIII, con detalles pequeños de interés general, toma su nombre de una frase sin importancia en donde se hace resaltar la palabra guerra.
Los otros 4 cap. (XIV a XVII) son una detallada indicación y comentario de lo sucedido en Caracas y en otras ciudades americanas al organizarse las Juntas Defensoras de Fernando, pero realmente revolucionarias al final, concluyendo con la gestión de Bolívar en Londres, con López Méndez y Andrés Bello como delegados de la junta de Caracas.
Algunas frases se salen del marco sereno del libro y son una mancha fea en él; por ejemplo, llama a Miranda "oportunista" (Pág. 302, cap. XVI, par. 5) y más adelante (Pág. 310, cap. XVI, par. 6) califica de "día fatídico” al de la declaración de la independencia de Venezuela.
En general, esta segunda parte, aunque un tanto alejada de la personalidad de Bolívar por la fuerza de las circunstancias, es de gran interés y de profundo estudio; tal vez el meollo de la obra está aquí, donde pintándose las causas de los sucesos posteriores se dan las razones que justificarán la acción de Bolívar. (4-XI-51)
Escrito en 1951 y publicado el 16 de junio de 1991 en EL DEBER.
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