
La visión de ayer, que ofrecimos el domingo pasado, engasta con La visión de hoy y abrocha con La visión de futuro que entregamos ahora, completando una joya primorosamente cincelada. Recientes logros hacia la integración hispano-boliviana ponen de relieve cómo el entusiasmo por un ideal no deba confundirse con lirismo, porque es fuerza viva bastante para el logro de sólidos lazos de unión, incluso pragmáticos. Marcelo dijo así.
Corrieron los años, mas no en el sentido temporal de lo que pasa y no vuelve. Una unión íntima y humanista dio origen a lo que nuestro Vasconcelos llamó la raza cósmica. Antiguas tradiciones viniendo de más allá de la historia; organización vertical de pueblos que tuvieron una idea muy clara de la solidaridad; conceptos morales insertos en lo más hondo de la conciencia de monarcas, juristas y teólogos; afán de glorias, de una u otra laya, moviendo a soldados y misioneros, toda una sucesión de modos y maneras crearon la América de hoy.
Si el territorio resultó inmenso y rebasó los más ambiciosos sueños de Colón, la gente que allí fue, con la que allí había y la que allí nació, vino a ser más grande aún. Si en la Península, teatro universal a lo largo de milenios en donde celtíberos y cartagineses, romanos y árabes, vándalos y visigodos habían llegado a constituir el tipo humano del español, en el Nuevo Mundo todas esas sangres, más la de incas y aztecas, guaraníes y araucanos, arawacos y aimaraes, crearon esta gente que ni es ya autóctona ni deja de serlo, que no puede alardear de "blanca" pero tampoco puede negar su entronque cultural con Europa.
Tres siglos largos permaneció el poder político europeo —español, sobre todo, pero también inglés, lusitano, galo— en tierras colombinas. Como se desgaja el gigantesco higuerón de mis bosques nativos para natural y como autogenéticamente dar origen a un nuevo árbol que ya nace grande, así América llegó a su emancipación.
Conservando la unidad, y con ella asegurando una transición evolutiva serena, el gran retazo portugués fue el gigante brasileño. Manteniendo la unidad y aplicando su praxis teológico-política, las trece colonias inglesas de la orilla del Atlántico Norte, con paso de coloso y "destino manifiesto", hincharon sus fronteras hasta el Pacífico y ampliaron sus latitudes desde el Río Bravo hasta la hiperbórea Alaska. Portadoras del germen, tan hispano y tan nuestro, de la dispersión y los individualismos, el más grande imperio americano se fragmentó en los que ahora se reconocen como veinte Estados y una Nación.
Mas unos y otros (y, entre nosotros, todos) herederos de un destino, puestos por la mano de Dios al medio de las dos orillas del mundo, resultamos, aún sin la vocación específica de serlo, el espejo de éste.
En América se pueden contemplar desde los más altos logros de la ciencia hasta las más penosas caídas del alma. Crisol de pueblos, somos los legítimos herederos de virtudes y defectos que hicieron felices o desgraciados a nuestros ancestros. Sabedores del milagro del trabajo y gozadores de abundancias paradisíacas, podemos ser tesoneros artífices de la piedra o inventores sin patente de la civilización del ocio, que ya el salvaje trashumante de la llanura llevaba al hombro en su hamaca.
Y el mundo nos contempla, azorado o envidioso, porque intuye que allí, en las tierras que desde aquí se descubrieron, está el futuro.
Somos ahora un laberinto de ideas, de posturas, de ideales generosos o de ambiciones oscuras. Las semillas que echó la Reina Isabel, el Almirante visionario, los empeñosos navegantes; las simientes que cultivaron lo mismo Cortés, Pizarro o Mendoza, que los oscuros conquistadores del interior, los heroicos misioneros o los belicosos bandeirantes; los prodigiosos gérmenes que concibieron y amamantaron princesas collas, muchachas de Tlascala o cuñatais cimbreantes cabe la ribera de los ríos gigantescos, son ahora medio millar de millones que pesan y pueden decidir el futuro.
El Descubrimiento sigue siendo. Sin merma de otras razas, pero con la vitalidad del que se sabe joven, por más viejas que sean las sangres que lo impulsan, América señala la ruta.
Cual Colón ante teólogos o cosmógrafos o Isabel ante su real conciencia, cual Rodrigo de Triana avizorando la nueva tierra prometida o el conquistador que se adentraba en el corazón ignoto de los bosques sólo por "desencantar la tierra", así se presenta ahora ese mundo nuevo, señalando el porvenir "entre un enorme desgarrón de nubes y un resplandor de auroras".
Tal la visión de hoy.
Partiendo de este hoy, que quizás puede parecer alabancioso, faltaría atreverse a inquirir el mañana. Mas como no quiero dármelas de profeta, trataré de cerrar el ciclo examinando la realidad conocida y arguyendo razonables conclusiones.
Aunque éste no es ya el tiempo de las carabelas, se ha convertido, y cada día más, en el tiempo de las relaciones. Si antes éstas se centraban en unas cuantas ideas, fundamentalmente sin duda, y en algún producto, indudablemente de buenos réditos, hoy los lazos son más intrincados, la red más tupida y las ideas y los productos más variados.
Existe entre ésta y aquella orilla un ir y venir de cosas y de personas que excede, y con mucho, el que hubo desde fines del siglo XV hasta mediado este siglo XX. Comercio, en la acepción nata de intercambio, es lo que prima hoy. Si en el viejo y sabio latín ya se podía decir "ubi commercium, ubi societas", la actualidad confirma lo correcto del principio.
Raudas naves surcan los aires y traen y llevan individuos y mercancías, es decir, pensamientos y dinero. Técnicas que, cuando empezamos a vivir, eran, a lo más, ciencia-ficción, son hoy como "el pan nuestro de cada día". Nadie osará decir hoy día que otras esperanzas de la ciencia son las "locuras" o las "chifladuras” de que se acusó al Almirante.
Y circunscribiéndonos a lo nuestro, a nuestra Comunidad Iberoamericana, no podemos negar que, avanzada España en ciencia y economía, gozosa beneficiaria del séptimo lustro de su preciosa paz, es ella la hermana mayor de una familia de pueblos fraternos, otra vez puerto de partida, origen y destino del Descubrimiento.
El bullente mundo de nuestros pueblos ya apunta hacia la formulación de teorías y de praxis en las que descansa no sólo nuestro futuro sino el de la humanidad. Dolores de parto son los de nuestra inquietud político-social, los de nuestras singladuras económicas, a veces escalofriantes.
Con mayor razón que a comienzos del 800, en que quisimos y logramos desatar unos lazos políticos con la Metrópoli, ahora ya a finales del 900 luchamos, cada cual a su manera pero todos enfilando hacia el mismo rumbo, por escapar de los imperialismos financieros, de la alienación cultural y de la "satelización” ideológica. Porque la América Hispana que Rubén cantó como "sangre fecunda”, ha tomado conciencia de su valer y ha intuido que su ser lo comparte con la vieja y fraterna Patria de sus Patrias.
Como señala frecuentemente el dinámico e inteligente Ministro López Bravo, y como tuvo ocasión de decirlo mi propio Ministro de Relaciones Exteriores hace poco en Madrid, el destino nos señala un camino común; empresas multinacionales con cooperación pública y privada; programas culturales, financieros y de promoción popular; simbiosis profunda y natural de proyectos y de realizaciones son la ruta, en parte ya felizmente recorrida, por donde avanza nuestro ideal.
Fruto de nuestras propias entrañas, cosecha ganada de nuestras duras experiencias, resultado concienzudo de las lecciones que hemos aprendido, unos y otros, en nuestro largo trajinar por la Historia —no pueden ser menos que una reiteración acomodada al tiempo y a las circunstancias— de la noble gesta que recordamos hoy aquí: la iniciación del viaje descubridor.
Nuestra visión del futuro no se mancha con ningún pesimismo infecundo ni con desesperanza agostadora de las más bellas flores de la ilusión. La nuestra es la mirada límpida de pueblos que saben suyo el porvenir.
Y así como una vez el Descubrimiento alumbró un Nuevo Mundo geográfico; y la otra, la epopeya se manifestó en la eclosión de un Continente que, de Norte a Sur y de Este a Oeste cambió los equilibrios del planeta; mañana —en un mañana que ya ha comenzado y que apunta al futuro con fe y decisión— el Descubrimiento será de nuevo la obra de unos hombres que, abiertos a todos los puntos de la rosa de los vientos del espíritu, se dan a sus hermanos a raudales.
Tal la visión del futuro.
Desde esta Cuna de la Hispanidad que guarda, con ternura y corazón de madre, el recuerdo de la partida entre tímida y arriesgada de Colón; desde esta orilla del Mar Atlántico que vio surcar las barcas de Yáñez y Pinzones y oyó sobre sus olas la Salve marinera de un puñado de andaluces; desde esta Patria española, bendita de Dios y de los hombres, que se derramó violenta y amorosa en el infinito americano, un hombre de América, venido desde el interior más hondo de ella (desde la Bolivia que avizora desde sus picachos el Pacífico y se vuelca por sus ríos al Amazonas y al Plata, desde la Patria donde los Andes realizaron sus corcovos más violentos y la selva extendió sus más amplios horizontes), un hombre de América dice que el Descubrimiento se sigue realizando, que Isabel y Fernando presiden de nuevo la hora cenital de su grandeza inacabable y que la raza cósmica se dará, para siempre, el camino ancho y feliz de su victoria, que lo será de todos sin ser de nadie.
¡Señores! ¡Mejor, amigos y hermanos! Nada es imposible si en el empeño ponemos el corazón. Hagamos este día y todos los días una montaña de corazones hispánicos, es decir valerosos, soñadores y confiados, y encomendando la obra a la misma Santa María que llevó su nombre en la proa de la nave capitana, digamos en fe y con esperanza: ¡En el Nombre del Señor!
Con caridad, es decir con amor, el Descubrimiento volverá a ser, en la radical unidad del hombre, flor de eternidad, triunfo de Hispanoamérica, ¡salvación del mundo!
Escrito en 1972 y publicado el 10 de junio de 1990 en EL DEBER.
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