Henos aquí, siguiendo la guía de Marcelo, ya al final del primer volumen de la obra del autor español, de la que sólo hemos espigado lo relativo a algunos pasajes sobresalientes.
El cap. XXVIII describe la serie de acontecimientos, militares y políticos, de fines del 16 de abril del 18. Conviene notar algunos puntos, fuera de la simple conmemoración de datos, que dicen alto de la personalidad de Bolívar. Por lo pronto, al comienzo del cap., comentando una carta "admirable" de Bolívar a Nariño, reconoce la neta superioridad del Libertador sobre los demás caudillos patriotas que explicara su política -571-; y aquí viene la frase honrada del historiador, libre un instante de la pasión al calificar a Bolívar como "el más grande, elevado y noble de todos los caudillos de la guerra de emancipación hispanoamericana" -571-.
El siguiente capítulo, "Los auxiliares británicos”, comenta la forma en que fueron reclutados por López Méndez y la actuación que les cupo al llegar a su campo, que no era "El Dorado" que soñaron en su isla. Existen algunos sitios de interés.
Al hablar sobre la actuación de Bolívar en Angostura, tiene el autor frases enaltecedoras para el estadista, "sin denigrar el valor temerario de Bolívar como guerrillero" -614-. Por otra parte, tacha a Hippiolez, el inglés que tanto denigra al Libertador, como "prototipo de esa incapacidad insular de ciertos ingleses para acomodarse a los ambientes extranjeros" y dice de él que "no llegó nunca a ponerse a tono con los venezolanos, y desde el primer día fue hostil a Bolívar", lo que no obsta para que su testimonio sea traído a cuento en múltiples ocasiones de la obra.
Y porque salta algo que es de primordial interés para rechazar cargos que antes hemos comentado, Bolívar consideraba que la guerra hacía la contra al gobierno y no a la nación española: "Paz a la nación española y guerra a muerte a su gobierno actual”, escribe a su amigo López Méndez -618-. Otro cargo desvirtuado es el comentado sobre la unión americana; pues en carta a él, don Juan Martín de Pueyrredón, Director de las Provincias Unidas del Río de la Plata, le decía, según Madariaga, que "una sola debe ser la patria de todos los americanos, ya que en todo hemos tenido una perfecta unidad" -618-. Y Madariaga tiene una visión profética al creer que Bolívar "ya construye en su mente un vasto edificio de dimensiones continentales, imagen transfigurada quizá del mismo imperio español que a la sazón se aplica a destruir" -618-. Es eso realmente lo que la guerra de independencia quiso y las nuevas generaciones ya ven casi hecho realidad: una verdadera transfiguración del imperio en que no se ponía el sol, en que cada miembro, atado a los otros por los indestructibles vínculos de una común cultura, una misma habla y un solo credo, sea piedra de la anfictiónica unión con la que soñaron españoles y criollos y que la alimentan hoy hermanos de uno y otro lado del Mar Océano.
El último cap. de esta Cuarta Parte, que es a la vez el postrero de este tomo y libro, trae a la escena la figura del otro Libertador, el General San Martín. Es notable la bondadosa forma como trata Madariaga a San Martín, ponderando sus virtudes y sin casi una palabra de reproche para quien, como Bolívar, actuaba como cirujano en la amputación de los muñones hispánicos. Vuelve Madariaga a reconocer la egregia personalidad de Bolívar y dice: "Aunque en cierto modo era uno de los tantos caudillos de los que procuraban asaltar por la fuerza pretoriana las cumbres del poder, difería de los demás en que si su ambición era tan personal, era en cambio la única bastante amplia para abarcar a la nación y a todo el continente. De aquí su constancia, su fe y su voluntad siempre tensa" -623-. Era Bolívar en aquellos días el único espíritu, la única voluntad que centralizaba, dirigía e inspiraba todo".
Veamos pues, al concluir este "Libro Primero" de tan interesante obra, cómo, pese a la postura netamente española del autor en la guerra de secesión, el historiador honrado deja ver de cuando en cuando su espíritu de verdad y muestra a la faz del mundo, con el mérito de venir del otro bando, una figura inmortal: la de Simón Bolívar, el Libertador (26 de diciembre de 1951)".
Escrito en 1951 y publicado el 21 de julio de 1991 en EL DEBER.

No hay comentarios:
Publicar un comentario