Breves consideraciones sobre el transclasicismo

 


A lo largo de las siempre interesantes y novedosas explicaciones del curso monográfico sobre "El descubrimiento español de los derechos sobre la propia persona", que dictó el profesor Wenceslao González Oliveros en el Curso Doctoral de la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid de 1961 a 1962, aparte de la figura central del jurisconsulto Baltasar Gómez de Amescua y su "Tratado de la Potestad del Hombre sobre sí mismo", desfilaron autores y doctrinas, hombres y naciones, filosofía y política; pero me llamó la atención en forma especial el concepto del Transclasicismo con el que el erudito Maestro explicaba mucho —o el todo— de la realidad histórica y cultural de España que es, aunque haya también conjura contra esta verdad, lo sustancial de la realidad de Hispanoamérica.

Frente al genio clásico de la Antigüedad pagana, que tuvo en Roma y Grecia sus cumbres sociales, intelectuales y políticas, se presentaban a los pensadores diversos caminos a seguir. Para unos, el de la contemplación pasiva de aquellas cumbres, que llevaba al estancamiento de la Cultura; para otros, la ruptura con lo clásico, que conducía al intento de crear formas nuevas; por otro lado, los que consideraron que la Cultura no es algo intemporal, que es devenir y que, sin echar de lado las glorias alcanzadas, las tomaban no como matrices a copiar, sino como nuevos puntos de partida y de recreación.

Mientras unos siguieron el primer camino y declararon la intangibilidad cuasi sacra de la obra genial de los filósofos griegos y los pensadores latinos, y otros trataban de acudir a las fuentes vírgenes de los pueblos nuevos que irrumpían y demolían el imperio, tocó al genio íbero amalgamar los extremos y crear unas formas revolucionarias que, tomando de unos y otros lo mejor, saltaron la barrera y, desatándose de idolatrías, dieron nuevo sentido a la Cultura. Fueron los Transclásicos.

Ahí están Séneca y Lucano y Marcial, provincianos del Imperio y casi extranjeros en Roma por provenir de la más occidental de las Marcas, portando todo el vigor de un pueblo joven e injertándolo en el tronco recio pero "podrido de perfección" (según la expresiva frase del profesor Oliveros) del mundo cultural grecolatino. No fueron ellos contra éste, no se presentaron como anticlásicos, pero hicieron dar tal giro a la rueda de la Historia de las Ideas que ya quedaron, para siempre, como otros tantos hitos cimeros del mundo de la Cultura.

Ellos dieron la forma evolutiva, que hace perenne una Cultura y no la estanca; rompieron el sometimiento idolátrico a los nombres famosos de Virgilio y Ovidio, de Cicerón y Marco Aurelio; se inclinaron por el devenir aristotélico frente al quietismo platónico; y con la fuerza de lo nuevo y de lo bueno se hicieron pronto caudillos de una "nueva ola” y maestros de una etapa nueva.

Pasó el tiempo y con el Renacimiento volvieron a levantar cabeza los adoradores de los clásicos, los copistas de un lejano pasado legendario e intocable. Las condenas —hasta ahora por desgracia repetidas— a una Edad Media no conocida ni menos comprendida, se hicieron obligatorias para quien quería presumir de ilustrado; los filósofos y los poetas, los arquitectos y los políticos sólo sabían imitar rastreros unos lineamientos imperiales que trataban de implantar de nuevo en la Europa del siglo XV.

Y nuevamente fue del cuadrilátero peninsular de donde surgieron nuevas voces transclásicas que se oponían a la rutina y al servilismo. Frente a las leges regiae de Vespasiano, vueltas a la práctica por los partidarios del "derecho divino" de los Reyes, la derogación implícita contenida en el Fuero Juzgo; en vez del Monarca absoluto —británico o galo— la vivencia verazmente democrática de las Cortes castellanas o aragonesas; en lugar de los cortesanos aduladores, la altivez sana y honrada de quienes le llaman —nada menos que al primero de los Austrias, el poderoso Carlos— "mercenario de la comunidad” puesto por ella a su servicio. Y contra los palacios y monumentos que recuerdan —y aún peor, remedan— los antiguos templos paganos, de esbelta pero hieráticas columnas y de majestuosos pero fríos arcos, la gloria del barroco, la humanidad del plateresco, la vibración casi viva de los elementos y las figuras.

Y en el momento preciso —¡nunca podremos agradecer bastante los designios de la Divina Providencia!— surge América en el camino de una empresa comercial y se origina la mayor empresa transclásica del genio español.

Isabel mirando desde siempre a los indígenas como otros tantos súbditos suyos, libres y capaces; el pueblo español —descubridores y conquistadores— que en medio de sus miserias humanas (humanas, no españolas), transplanta instituciones y da espíritu y forma cristianas a estructuras recién nacidas; Vitoria creando, para los indios y para todo el orbe, un Derecho Internacional científico surgido del Derecho Natural y quitando de la delicada conciencia regia las dudas y vacilaciones que el ardor sin freno de De Las Casas hizo nacer, dándole en cambio las directivas para la organización de un régimen pacífico de convivencia y de promoción. Y al otro lado del mar, el nacimiento de una República cristiana y española, no como resultado de la conversión forzada sino como fruto de la labor magisterial de los misioneros; no por la absurda pureza de sangres, sino por la inserción de unos modos de ver, de juzgar y de actuar en el mundo.

Verdaderamente es de admirar cómo perduran esos lineamientos y cómo, donde se los llega a abandonar por sus clases dirigentes, el desastre es inevitable.

Mas, por dicha, el injerto es vigoroso. Tierra y hombre guardan en América el cuño honroso de tres siglos de presencia española. Yerran quienes creen que en la gran Patria americana hay sentimientos generalizados de antihispanismo; los propios movimientos indigenistas —muchas veces viciados ab initio por posiciones sectarias— deben buscar en la legislación indiana de la Corona de Castilla los módulos de sus programas. Aun sin decirlo, a veces sin entenderlo, el hispanoamericano vive transclásicamente. No le sirven a él unos modelos lejanos en el tiempo y en el espacio con los que puede estar ligado —si lo está— sólo a través de España; no puede ni debe —si quiere actuar honradamente— mirar tampoco como clásicas unas estructuras indígenas, ajenas a la cultura y a la civilización de nuestros tiempos. Su gran ansiedad por una vida más digna, su visceral necesidad de Justicia, sus juveniles ímpetus de progreso se ciñen a los moldes de ese Transclasicismo que nos descubrieron las explicaciones del maestro. Pensé, por ello, que sería de enorme significación una divulgación mayor de estos conceptos, para que en América, donde es más patente el deber social y político de las minorías cultas al servicio de las mayoría necesitadas, se conozcan estos principios y se reconozcan unas realidades que, de la mano de ellos, resultan obvias.

Mundo nuevo en muchos aspectos, América conseguirá su destino y tomará su papel en el mundo del futuro, a condición de que permanezca leal a su origen cultural; y desde aquí podrá ir a la Europa madre —puesto que la cultura es devenir— el redescubrimiento de unos valores que nacidos allá y en trance de perderse allá, están viviendo acá, desde donde pueden volver, después de haberse conservado y desarrollado en nuevas formas, alentadas siempre, para ser legítimas, por la luz del Evangelio que ya en Atenas y en Roma iluminaron al mundo clásico y dieron origen a esto que, con humilde fervor y con gran simpatía, comentamos en estas páginas: El Transclasicismo.

Escrito en 1962 y publicado el 4 de junio de 1989 en EL DEBER.

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