Bolívar, por Salvador de Madariaga (VI)

Paso a paso seguimos las acotaciones de Marcelo acerca del libro de Madariaga, hasta presentar lo más saliente del primer tomo de la obra. Entremos ahora a conocer lo escrito al margen del segundo.

La parte primera de este segundo libro se subtitula "Del caos a la victoria" y comprende ocho capítulos que por su orden se llaman: El discurso de Angostura (1819), De Angostura a Boyacá (1819), Más auxilios ingleses, De Boyacá a Angostura, Las angustias del poder, El pueblo español salva a Bolívar, El armisticio y La victoria.

El primer capítulo comenta el ambiente en que se desarrolla el Congreso de Angostura, en el que Bolívar pronunció su célebre discurso. Aquí, como en varias otras partes del tomo I, se hace hincapié en la renuncia que del poder hacía el Libertador, tachada como otras de insincera. Algunos aspectos haré resaltar para una mejor síntesis del capítulo.

Al referirse a las ambiciones monárquicas de Bolívar, trae dos citas: una de Morillo y otra de Hippisles, y aunque reconoce que "Morillo era adversario de Bolívar; Hippisles un resentido" no quiere acusar como calumnias las aseveraciones de estas fuentes interesadas por el solo hecho de que, sin conocimiento la una de la otra, coincidan en la afirmación. Base, por supuesto, demasiado deleznable para asentar toda una conclusión de índole tan trascendental. Y aún más cuando, por obra del sentido verazmente histórico de Madariaga y pese a su injuria, trae a continuación una cita del propio Bolívar en que se manifiesta contrario a la perpetuación del poder en un solo individuo.

Otro lugar del discurso nos hace conocer el pensamiento genial del héroe y estadista sobre la democracia en nuestros pueblos; y si de esto no se quiere tomar pie para otras afirmaciones, quien lo haga no conoce cuánta verdad tiene para nosotros aquello de que "las leyes deben adaptarse a cada clima y a cada pueblo" y de que "sobre la base de la igualdad política... reconozcan las diferencias naturales de genio, temperamento, fuerzas y caracteres, satisfaciendo así a la política y a la justicia". Y luego la definición sabia que Bolívar da sobre el gobierno justo, que es aquél que "produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social, mayor suma de estabilidad política".

Viejos principios siempre nuevos, que hacen decir al autor que "el Bolívar de las raíces seguía dictando viejas ideas con palabras nuevas al Bolívar de los cielos abstractos". Pero no es que con ello disminuya la personalidad del Libertador; antes bien, si como soldado desataba los lazos políticos que nos unían a España, como estadista reconocería que unos principios por la metrópoli alentados, aunque no siempre aplicados, seguirían rigiendo en el nuevo edificio levantado en estas tierras.

Notable igualmente es el concepto de responsabilidad que aparejaba al Senado, cuando considera que los agraciados con el cargo lo tendrían como deber y no como privilegio, concepto que será siempre piedra angular en cualquier sistema, ya que la conciencia de la responsabilidad ante la propia conciencia, ante el pueblo o ante cualquier otro poder, será poderoso acicate a las buenas acciones y terrible peso a las malas.

Al comentar en globo el discurso y tratar de sacar de él la conclusión de que Bolívar era, si no monárquico, "monócrata", da Madariaga una serie de razones que nos hacen pensar en la justeza de la aspiración bolivariana. Eliminando el prejuicio que hace superior la forma republicana a la monárquica y otro sobre la tendencia española, en el fondo Bolívar sale con la razón. Y no es que sus pensamientos sean "flores intelectuales de un temperamento dictatorial e imperial", sino conclusiones brotadas en "un hombre sensato dado el tiempo y el lugar". Y aun sin lo del tiempo, ¿la aplicación estricta de la democracia en nuestros países ha dado acaso resultados satisfactorios? ¿No es tiempo de que pensemos como Bolívar, que satisfacer la política y la justicia es mejor que entregarse a la fácil demagogia? Es seguro que si aplicamos la sabiduría de las ideas políticas de Bolívar, la madurez de su crítica, la profundidad de su observación y la originalidad de su modo de pensar, muy otros que los actuales serían los resultados, y evitaríamos la concurrencia tumultuaria y ciega que en todo tiempo ha impreso el desacierto a las elecciones, pues, como dice el autor al fin del capítulo, con todos sus defectos, Bolívar era un gran espíritu.

Escrito en 1951 y publicado el 28 de julio de 1991 en EL DEBER.

 

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