Los comentarios que ahora transcribimos son muy sugestivos sobre la admiración razonada de Marcelo por el Héroe y, también, lo innegable del apasionado biógrafo español.
Hay en el Cap. XXII una ligera recapitulación de la vida del Tigre de los Llanos, el famoso Boves, y usa a manera de explicación de su crueldad inexcusable. Con el espíritu de facción que predomina en la obra, se pinta luego, también a grandes rasgos, la personalidad de otro célebre bandido, esta vez del campo patriota: D. Bautista de Arizmendi, comparándolo a Boves y dando como causa de sus desatados impulsos de crueldad, en ambos casos, injustas ofensas hechas a cada uno de ellos. Con todo, la pintura de estos cuadros, que parecen las caras de una misma medalla, viene a desvirtuar la culpabilidad de Bolívar en la guerra a muerte que Madariaga trata de endilgarle exclusivamente, comprobando lo que tenemos dicho, basados en el propio autor, de que aquello era un estado de ánimo del que no podía escaparse Bolívar ni nadie.
Existen, de todos modos, en este cap., varias referencias loables al Libertador, tales como la habilidad para ganar la batalla de Araure, y la fe que era "el secreto de sus éxitos futuros" -436-. Dice Madariaga de esta virtud: "Fe no en su causa, sino en sí mismo; no en sí como instrumento de más altos poderes (fe que había iluminado los ojos de Colón y de Hernán Cortés), sino en aquel ser personal, en aquel fuego que brillaba en sus ojos negros con destellos minerales y terrestres" -436-. Sí, esa fe tiene que ser clave de éxitos. Y sí es altamente espléndida la fe del que se cree dueño del propio ser. Más allá, al comentarse las rivalidades entre Bolívar y Nariño, el otro caudillo patriota, el autor estampó estas palabras que bien pueden hacer descansar a los que ven en él al hombre que pinta este español. Dice que "su correspondencia con Nariño revela algunos de los mejores aspectos de su personalidad: paciente, hábil, claro, magnánimo, siempre dispuesto a arrostrar los riesgos de la generosidad" -437-; y aunque luego quisiera explicar que eso era externo y muy otra su intención, ya está dicho que distinguían su personalidad rasgos realmente superiores; ya que se le critica por Dictador y por insincero, el propio Madariaga nos dice "pero bien desempeñada y con buena intención. La hora requiere la dictadura" -439. Además, aquello, si era comedia, era comedia de españoles en derecho, pero anarquistas de corazón.
El capítulo referente al destierro en Jamaica y Haití tiene cosas notables. Desde ya, hablando de cómo el rico Bolívar hubo de avenirse a la pobre vida del expatriado y vivir de prestado, Madariaga tiene un gesto muy digno al reconocer la fuerza espiritual del rico pobre; dice: "Pero la fortaleza del ánimo que tanta miseria sufría obliga al respeto" -517-, y nos cuenta cómo, a pesar de sus aprietos, se daba modos —aunque sea a costa de nuevas humillaciones— para favorecer a sus amigos y, sobre todo, para no olvidar su misión. Si Madariaga por eso lo llama "soberbio y terco" -517-, desde acá nosotros podemos muy bien vanagloriarnos de esa terquedad y soberbia, tan española al fin, que hicieron posible la continuación de la gesta.
En cuanto al atentado de su sirviente que mató por equivocación a otro, Madariaga defiende con mucho ahínco a sus compatriotas, sobre todo a Morillo, aunque confiesa que "no va mucho de poner precio a una cabeza (extremo hecho por el general, conocido por el autor) a sobornar a un asesino" -520-.
Tiene aquí Madariaga una frase que es bien comentar; hablando de la propaganda "la actividad mayor de Bolívar en Jamaica" -520-, la califica así: "El estilo es nervioso y vivo; los argumentos agudos; las conclusiones claras y orientadas a la acción; pero sería absurdo buscar en esta literatura ardiente y parcial lo único que no puede hallarse en ella: la objetividad, el sentido de la verdad, la adherencia. Es pasión manejada con maestría, pero pasión y nada más" -520, 521-. Aparte de los objetivos, que dejan en muy buen pie a Bolívar "libelista" -523-, fijémonos en la frase final y digamos que, verdaderamente, fue pasión la que alimentó a éste y a todos los planeadores de la amputación hispánica; pasión plausible, pasión apasionada, pero nunca "pasión nada más". Es la pasión, en cualquiera de sus formas, un estado del alma que, por lógica, excluye lo bajo, lo ruin, lo engañoso y que sublima aun hasta los crímenes que bajo ella se cometen. Y la de Bolívar era grande, y honda, y amplia. Así, este libro que comento y que con tanta saña es negado, afrentado y censurado por los que, "pluma en ristre, velan sobre la gloria del héroe como una guardia fiel de caballeros del Santo Sepulcro" (prólogo, pág. 20), este libro está a salvo de esas críticas no por imparcial ni por algo objetivo, sino por apasionado, por fielmente apasionado de la obra —que ya nadie desconoce— de España en nuestra América.
Y un cargo injusto: M. dice que Bolívar "tampoco veía al escribir con tan larga perspectiva, que lo que necesitaba el continente americano era unión" -524-, cuando todos reconocen que Bolívar tenía una amplia comprensión de este problema, por cuya solución hizo lo que pudo.
Escrito en 1951 y publicado el 14 de junio de 1991 en EL DEBER.

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