Me siento halagado por la honra que significa haber sido designado por los familiares de Marcelo Terceros Banzer para prologar el libro cuyo tema sirvió de base para que uno de los más preclaros hijos de esta tierra optara al título de Licenciado en Derecho y Ciencias Sociales. La decisión del postulante de seleccionar para su tesis, de entre miles de temas existentes para tales fines, nada menos que la obra de un dominico de la talla de Fray Francisco de Vitoria escrita en 1546, y la profundidad con la que fue observada y analizada, revelan la formación intelectual privilegiada, el agudo criterio jurídico y, en la presentación de este trabajo, su pluma elegante, clara y precisa.
El trabajo intelectual elaborado en la tesis de grado fue sometido al examen de un tribunal conformado por tres ilustres profesores de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno, me refiero a los Dres. Julio Salmón Parada, Hernando Sanabria Fernández y Darío Soruco Arteaga, quienes ponderaron al postulante la seriedad de la investigación, el paciente estudio, la laboriosa búsqueda de datos y, sobre todo, la amplia comprensión y penetración de las doctrinas y enseñanzas del magnífico alavés. Así también resaltaron su lenguaje claro, conciso y elegante, concediéndole por unanimidad la aprobación plena, discerniéndole un efusivo voto de felicitación y la opción para que su trabajo sea leído y sustentado en el examen de grado.
Marcelo Terceros Banzer cursó sus estudios superiores en la Universidad Autónoma “Gabriel René Moreno”, graduándose de abogado en enero de 1947. Luego ejerció, en la misma Universidad, la cátedra de Derecho Internacional por más de 20 años. En el intervalo cursó estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, allá por los años 1961 a 1962, donde se doctoró en Derecho Internacional Público.
Sus primeros años de vida profesional estuvieron estrechamente ligados a la universidad de su terruño. Fue Secretario General de la misma en dos ocasiones. Fue Subdecano y más tarde llegó a ejercer la Decanatura de la Facultad de Derecho, coronando su paso por ella como Vicerrector electo y Rector subrogante. Su vocación de maestro descolló en el ejercicio de la cátedra de Derecho Internacional. En el campo político fue electo Concejal Municipal por la Ciudad de Santa Cruz de la Sierra por la gestión 1950 a 1951, respondiendo al mandato bienal que trazaba la vigente Constitución Política del Estado de aquel entonces.
Supo y sufrió en carne propia los avatares de la política, cuando esta degeneraba en atrabiliaria ansia de poder de los que asumen los destinos del país como suyos. Nos referimos al doble sexenio de 1952 a 1964. Marcelo fue encarcelado por varios años en inhóspitos lugares y alejado del calor de su familia. Pese a las debilidades corporales, su reciedumbre espiritual en la adversidad del enclaustramiento forzoso dio ejemplo y generó admiración en propios y extraños. No encadenó su libertad a mezquinos intereses. Varios años de encarcelamiento no pudieron encarcelar su pensamiento. De allí salió sin rencores y sin mengua a continuar su prédica por las libertades democráticas y la defensa de los derechos humanos, desconocidos en aquella época por el adversario político.
Ejerció varios cargos de responsabilidad política; ocupó la Vicepresidencia de la Corte Nacional Electoral en 1966. También fue Director Administrativo de la Oficina Regional de la Dirección General de Petróleos de 1969 a 1970. Por sus reconocidos méritos como profesor de Derecho Internacional, su formación intelectual, su conocimiento y vinculación con España, fue designado Embajador ante ese Gobierno de 1971 a 1974, poniendo en alto el nombre de nuestro país. Fue Embajador ante la República Federativa de Brasil y posteriormente en la Cancillería ocupó la Subsecretaría General del Ministerio de Relaciones Exteriores, durante todo el año 1977 y gran parte del año 1978. Con rango de Embajador, también fue parte de la Delegación Boliviana ante la Asamblea General de las Naciones Unidas los años 1966 y 1981.
En la vida privada, aparte de ejemplar esposo y excelente padre de familia, supo con creces cultivar el don de la amistad. Fue un ferviente militante de sus creencias religiosas. Sobrados méritos lo llevaron a ocupar la presidencia de la Junta Diocesana de Acción Católica. Y en España recibió la distinción de “Caballero Armado del Capítulo Hispanoamericano de Caballeros del Corpus Christi de Toledo”.
En Santa Cruz de la Sierra, su ciudad natal, pasó por la Dirección de varias importantes instituciones en las que se lo recuerda más que por el cargo, por el fruto que dejó en cada una de ellas. Fue Presidente del Club Social 24 de Septiembre, Miembro de la Sociedad de Estudios Históricos y Geográficos, Vicepresidente del Círculo de Amigos, Vicepresidente de nuestra Casa de la Cultura Raúl Otero Reiche y Secretario del Directorio que fundó el Comité Pro Santa Cruz, entidad que defendió los intereses del Departamento con la óptica de la bolivianidad. Marcelo se sentía muy cruceño en Bolivia y muy boliviano en Santa Cruz. No se puede dejar pasar su aporte a la Cooperativa de Teléfonos de Santa Cruz en su calidad de miembro del Consejo de Administración y Secretario General de la misma, entidad cruceña que entonces incorporó moderna tecnología en las comunicaciones y dio ejemplo de una administración eficiente en nuestro medio.
Su amor a España lo llevó a ser miembro de la Sociedad Española 12 de Octubre de Santa Cruz y presidente del Instituto Cruceño de Cultura Hispánica. Con acertado criterio, en la misma España lo declararon Miembro de Honor con Placa del Instituto de Cultura Hispánica en Madrid. Su trayectoria vinculada al periodismo arranca desde muy joven, ya en su etapa universitaria, como más tarde en el periódico “Antorcha”, órgano de resistencia del partido político en el que militaba. Fue corresponsal del diario católico Presencia de la ciudad de La Paz. Posteriormente fue el primer director del diario El Mundo de nuestra ciudad, marcando en la profundidad de sus editoriales un estilo elegante en su lenguaje. De sus inquietudes periodísticas no se separó hasta su prematura muerte acaecida en 1988.
Marcelo era un hombre probo en su vida privada y en su vida pública. Para él eran inadmisibles las dobles morales y esto debo dejarlo escrito en este prólogo por respeto y admiración a sus enseñanzas. Nos decía muy a menudo: se equivocan aquellos que quieren distinguir, en un ser humano, la moral pública de la privada. Y repetía: la moral es una, indistinguible en el accionar público y en el privado. La moral está inmersa en lo consustancial de la conducta humana.
En el campo del civismo, Marcelo era un insigne exponente. Escribió sobre la necesidad de educarnos para la democracia y decía: somos un país sin tradición genuinamente democrática porque no hemos sido educados para ella. No se refería a la democracia formal, a la de las leyes, a la de la Constitución; se refería a la democracia material, a la del diario vivir, no a la democracia de las formas, de las apariencias, sino a la democracia substancial.
Su pasión por la historia lo llevó a comentar, en siete capítulos, la obra sobre Bolívar de Salvador de Madariaga. También nos refiere el papel de Bolivia en América y el rol de España en este continente. Como trabajo investigativo ha dejado estudios sobre las tribus orientales en nuestro territorio y la Guerra del Acre, así como tantas otras investigaciones de raíces históricas; siempre con su lenguaje sencillo, claro, sus conceptos ecuánimes e impregnados de solvencia intelectual. De esto nos da cuenta su libro “Desde mi Umbral”. A sus 23 años, “movido por la curiosidad histórica”, se sumergía en las obras “Los conquistadores del Río de la Plata” de R. de Lafuente Machaín; en la “Historia de la conquista del Río de la Plata” de Enrique de Gandía; y en la “Historia de la conquista del Oriente Boliviano” de Enrique Finot, que le permitieron elaborar su libro “Al margen de mis lecturas”, que le valió el ingreso a la Sociedad de Estudios Geográficos e Históricos de Santa Cruz.
Para cerrar esta síntesis de la carta de vida de Marcelo, se debe mencionar expresamente que todos los países anfitriones en los que ejerció su vida diplomática le brindaron especial reconocimiento y las debidas condecoraciones, relievando el nombre de Bolivia.
Por último, se puede decir que su agudeza intelectual y su pasión por la historia y el derecho lo llevaron a incursionar en el pensamiento de Francisco de Vitoria. Marcelo señala que la obra cumbre “Relecciones Teológicas” de dicho pensador humanista le ha servido de inspiración y de base al trabajo de investigación para su tesis. Francisco de Vitoria nació en Álava, España, pero el autor prologado no repara en llamarlo el salmantino como sus biógrafos europeos, en directa referencia a la Universidad de Salamanca, centro desde el cual impartiera sus sabias enseñanzas por cuatro lustros.
El Dominico Fray Francisco de Vitoria recibió en 1509 las órdenes sagradas en la ciudad de Burgos. Por su brillante intelectualidad, la Orden de los Dominicos decidió enviarlo a continuar sus estudios en París, cuna del saber en aquel entonces (1513), donde llegó a ser profesor de la Universidad de la Sorbona a los tres años de su llegada a las orillas del Sena. Conviene recordar que los siglos XII y XIV fueron los siglos de oro de la Universidad de París, así como lo fueron los siglos XVI y XVII de las Universidades de Salamanca, Coimbra y Alcalá de la Península Ibérica, lideradas por filósofos y teólogos españoles quienes retornaron a su España natal en las zonas que se iban reconquistando de la dominación musulmana. Uno de ellos fue Francisco de Vitoria, que a su retorno de París dictó la cátedra Prima en la Universidad de Salamanca por dos décadas.
Al autor de las Relecciones Teológicas, sobre la cual Marcelo Terceros elabora su tesis, se lo sitúa en el campo de la historia de la filosofía en el periodo renacentista, conjuntamente con otros dominicos, brillantes profesores de Salamanca, a saber: Domingo de Soto, 1494-1560; Domingo Báñez, 1528-1604; Melchor Cano, 1509-1560. Este último, refiriéndose a la vocación del maestro salmantino, comentaba que podría tener diez discípulos más sabios que Vitoria, pero diez de los más doctos no enseñarán como él, según ilustra Jaime Torrubiano Ripoll en su Biografía y Notas Bibliográficas. En aquel contexto, la lucha contra la invasión musulmana no fue sólo una lucha política y territorial sino de ideas y de carácter religioso. Por eso, al imponerse la recuperación geográfica, se afianzan y vigorizan los principios religiosos y se fortalece la fe cristiana, expuesta en gran medida por Vitoria, quien —como lo califica Marcelo en el primer capítulo de su trabajo— fuera discípulo aventajado de Santo Tomás de Aquino.
Nada mejor para conocer la vida y obra de Vitoria que la pluma de Marcelo mismo. El autor, en los prolegómenos de su tesis, no sólo recuerda la obra imperecedera del insigne maestro y puja por restituirlo al sitial de honor que le corresponde, en su indiscutible calidad de fundador del Derecho Internacional Moderno, sino que va más allá denunciando el silencio conspirador de los que pretendían quitar a España una de sus glorias más legítimas y a la Iglesia Católica al fundador de esa disciplina del derecho. Es oportuno manifestar que, al celebrarse el centenario de la obra De jure belli ac pacis (Derecho de la paz y de la guerra) de Hugo Grocio, se realizó un Congreso de Derecho Internacional en Ámsterdam, en el que se conformó una comisión de juristas para viajar a Salamanca con la finalidad de depositar en la tumba de Francisco de Vitoria una corona y entregar al Ayuntamiento una medalla acuñada en su memoria. Este singular acontecimiento sirvió para que España y muchos españoles cayeran en cuenta de quién era el humilde fraile y dio origen a la creación de la Asociación Francisco de Vitoria.
Cuando se pregunta qué pretendía el joven universitario boliviano que en 1946 optó por investigar para su tesis la mencionada obra del profesor salmantino —poco conocida en nuestra América— encontramos la respuesta en el mismo trabajo de Marcelo:
- a) Demostrar la actualidad de la doctrina de Vitoria cuatro siglos posteriores a su muerte y que sus enseñanzas y verdades le dan preeminencia al pragmatismo de los tratados. En este sentido, añade textualmente “sobre la estulticia enervante de una filosofía materialista, que pretende uncir al yugo cruel y único de lo económico la totalidad de las manifestaciones humanas”.
- b) Expresar lo que le “ha parecido noble y edificante, revivir del recuerdo del maestro Vitoria con el sentimiento que más preciado guarda el postulante, su fervorosa adhesión y lealtad inquebrantable a la Iglesia y el amor filial, cariño entrañable y admiración sin límites hacia España, cuna de Francisco de Vitoria y patria de nuestra patria”.
- c) Transmitir, en su visión de futuro, a las nuevas generaciones las enseñanzas del salmantino que apasionaron al mundo, en especial las tres Relecciones que fueron objeto de su tesis: De potestate civili, De Indis y De jure belli, que versan, respectivamente, sobre la soberanía del continente americano, el estado y la condición de los indios de América y la etiología de la guerra, las que a pesar de los años permanecen vigentes en la actualidad.
Es pues un destacado mérito de Marcelo escudriñar aquella época y encontrar las Relecciones Teológicas convertidas ahora en obra clásica en las universidades del mundo. Es menester reiterar que la obra de Fray Francisco de Vitoria era poco conocida en Europa, tomándose en cuenta que data de 1546 y que en aquel entonces la imprenta no gozaba de los alcances de comunicación que hoy la benefician. La primera edición completa de dichas Relecciones en América se publicó en Argentina en 1946, es decir, el mismo año que Marcelo presentaba en Santa Cruz su tesis de abogado y a sólo tres años de la publicación del libro El pensamiento vivo del P. Vitoria, escrito por Don Ángel Ossorio y Gallardo y editado en Buenos Aires, fuente medular del trabajo prologado.
De las quince Relecciones Teológicas del maestro salmantino, Marcelo comenta particularmente tres: De potestate civili, De Indis y De jure belli. La investigación comienza con la De potestate civili, en cuyo medular texto aparecen los atisbos de un derecho internacional que en aquellos tiempos no existía. Aquí el maestro profundizó la verdadera doctrina democrática cristiana que bastante diferencia guarda con aquellas argumentaciones esgrimidas posteriormente por peligrosas doctrinas. Vitoria proclama el régimen de las mayorías, pero la esencia no está en que prevalezcan los más sobre los menos, sino que estos últimos tengan la libertad para pronunciarse contra los más. ¡Qué lección para nuestras democracias!
Proclama también Vitoria el principio de autoridad, al que deben someterse los gobernantes y gobernados. Una vez nombrada la autoridad, queda investida de una atribución soberana y —agrega con la firmeza de una convicción profunda— que la autoridad no está nunca por encima de la ley, pues una vez dictada no está en el arbitrio de la autoridad hallarse o no obligada a su cumplimiento. Es importante refrescar que estos pensamientos del humilde fraile, que desde su cátedra ponía límites a la autoridad y a las formas de gobernar, fueron emitidos en la España del Primero de los Carlos, donde se regulaba rigurosamente la libre expresión de los pensamientos.
Cabe sintetizar tres ejemplos puestos por Marcelo sobre la rectitud de criterio y la cualidad soberana del padre Vitoria: cuando la famosa Universidad en la que daba sus cátedras se proponía efectuar dispendiosos gastos con motivo del casamiento del Príncipe Don Felipe, se opuso condenando dichos dispendios. Emitió también opinión justa y acertada rechazando la tentativa de divorcio de Enrique VIII de Inglaterra con Catalina de Aragón, su esposa. Así como también su palabra fue escuchada en contra de algunos aspectos de la doctrina sustentada por el célebre Erasmo de Rotterdam, pese a la entrañable amistad que le profesaba.
Sobre la Relección De Indis, critica las imposiciones arbitrarias de los poderes públicos españoles a las personas y bienes de los bárbaros del nuevo continente descubierto. Vitoria dicta esta Relección entre 1538 y 1539, la cual constituye la Carta Magna de los indígenas americanos. Y en ella muestra los notables atisbos sobre un derecho internacional que en sus tiempos no existía, a decir de Ossorio y Gallardo en su obra sobre el Pensamiento vivo del P. Vitoria. Marcelo no sólo analiza lo dicho por Francisco de Vitoria sino que observa y escudriña las fuentes de las que bebió el salmantino y también aquellas otras, muy escasas por cierto, como la obra del jurista contemporáneo Manuel Ossorio o la del historiador español Sepúlveda que dan a conocer el pensamiento de este maestro como hombre, como sacerdote, como teólogo y como filósofo.
Volviendo a la esencia de esta Relección, Vitoria expone su pensamiento radical en favor de los indios y reprocha la guerra contra ellos. Con todo, su conocimiento sobre la realidad de las Indias es enriquecido por la información que le suministra otro fraile, Bartolomé de las Casas, en la que pone de manifiesto la campaña inicua contra los nativos y la crueldad de algunos de los conquistadores. Esta referencia a Bartolomé de las Casas refresca la personalidad de Marcelo, quien se aparta por unos instantes de su personaje central para mencionar con un espíritu de equidad el aporte de este otro fraile, Obispo de Chiapas, que en su misión de apostolado no trepidaba en jugarse la vida por los indios americanos.
Con buen acierto, el autor de la obra que prologo indica que Vitoria en sus estudios sostiene que las Indias no eran territorios nullius, pues antes de ser descubiertas por los españoles ya tenían dueños y se regían por reglas que constituían su ordenamiento jurídico, y que la ocupación o la invasión no son títulos legítimos de adquirir la propiedad. En otro paraje de esta Relección comenta el novel jurista cruceño que Vitoria, en procura de destrabar la maraña para que a los bárbaros indios no se los considere impedidos de ser dueños de sus tierras —puesto que eran considerados menos que bestias de carga y trabajo—, sostenía que estos poseían dominio sobre sus cosas, tenían ciudades bien administradas, practicaban su religión conforme a sus creencias y que no se les podía imputar el no conocer la fe cristiana y el no estar bautizados. En esa misma línea comenta R. Díaz Alejo —en su prólogo a Francisco Vitoria y el Derecho de Gentes— que en el año 1929 el padre Beltrán de Heredia dio a conocer una carta de Francisco de Vitoria (1534) en la que con durísimas expresiones condena las primeras guerras de Pizarro en Perú y la prisión de Atabalipa o Atahualpa.
Marcelo manifiesta en su tesis que Fray Vitoria penetra en las raíces del derecho natural. En tal sentido denuncia los abusos que atentan contra ese derecho; por ejemplo, cuando refutó los argumentos del derecho de hallazgo o descubrimiento, por el que las cosas vacantes o mostrencas pertenecían a quien las hallare, y asimismo cuando refutó los criterios que esgrimían que los bárbaros no querían recibir la fe de Cristo y que, sobre los pecados de los bárbaros, los príncipes españoles podrían declararle la guerra. Por estas razones y muchas más se dice que la obra de Francisco de Vitoria merece admiración y gratitud, y principalmente por parte de los americanos, ya que en su favor desarrolló su labor apostólica de justicia. Siguiendo la lógica escolástica, demostró que los indios eran los verdaderos que dueños de América y sólo legitimó la presencia española en aquellos territorios a fin de salvaguardar un orden jurídico superior fundamentado en el principio de sociabilidad humana y en la libre circulación de los hombres, los productos y las ideas. Cierra el comentario de esta Relección nuestro prologado diciendo que “el principio de igualdad, libertad y fraternidad que popularizó la Revolución Francesa ya estaba escrito doscientos cincuenta años atrás en las relecciones vitorianas, y muchos siglos antes en las páginas eternas y sabias del evangelio”.
En la Relección De jure belli, dictada en junio de 1539, Vitoria trata la etiología de la guerra (estudio de las causas de las cosas). Marcelo aclara que el título original e íntegro es “Relección posterior de los indios acerca del derecho de la guerra de los españoles a los bárbaros”. Dice que es una continuación de la Relección anterior y que en ella aparece el verdadero creador del Derecho Internacional. Es un estudio de “las justas causas de la guerra”. Recuerda Marcelo que Vitoria sienta un principio al decir que no son motivos legítimos para declarar la guerra la diversidad de credos ni, para un príncipe, el ensanchamiento de su imperio. También se encarga de manifestar que el teólogo renacentista “no sólo predicaba doctrinas sabias sino que también la justicia y el sentimiento de humanidad predominaban en sus enseñanzas”.
Sintetiza su humanismo y docencia cristiana cuando deja como reflexión que jamás se deben buscar ocasiones y causas para declarar la guerra, y que aun en la guerra justa deben operar los límites humanitarios frente al enemigo. ¡Cuántos sacrificios se hubieran ahorrado a la humanidad si se hubieran escuchado estos consejos! Más aún, expresa que cuando por razones justas se llegase a una guerra, no se debe buscar la ruina del enemigo sino la reparación del daño. El sentido de la proporcionalidad se imprime en su doctrina y al final dice que, terminada la contienda, se debe proceder con moderación y modestia cristiana. Sabios principios vigentes en el corazón de los hombres que todavía por reticencias decimonónicas no se aplican en la actualidad, pero abrigo la esperanza que la justicia internacional, en esta materia, restituya las diáfanas enseñanzas del salmantino tratadas en su tesis por Marcelo Terceros Banzer, la misma que es publicada hoy muy oportunamente.
Por último, Marcelo recuerda la similitud de las enseñanzas de Vitoria con la doctrina católica en materia internacional y con las recomendaciones del Sumo Pontífice Pío XII, conocido como el Papa de la Paz, que en más de una ocasión abogó para que, sin apartarnos de la justicia verdadera, antepongamos a ella la caridad cristiana.
No corresponde seguir explayándome sobre el específico trabajo de Marcelo, que en forma minuciosa y detallada, como un alquimista, desmenuzó las dudas, las reflexiones, los juicios y los consejos de Francisco de Vitoria, porque sería desnaturalizar las substancias de las mismas. Dejo al lector para que, a través de una meditada lectura, pueda saborear dichas enseñanzas. El trabajo que tengo el honor de prologar no es sólo para leerlo, es para pensarlo y reflexionarlo. Con esto, el sabio maestro renacentista y nuestro contemporáneo Marcelo quedarán agradecidos.
José Mario Serrate Paz
Santa Cruz, Julio de 2013

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