Bolivia en América (II)

 


II) EL HOMBRE

Hasta aquí he prescindido deliberadamente de cualquier consideración relativa al poblador de Bolivia y a él quiero dedicar la segunda parte de la charla que tenéis la bondad de escuchar. Más difícil que la primera, pues aquí entrarán, necesariamente, juicios de valor, yo deseo previamente pedir vuestra benevolencia, que espero me acompañará y sabrá disimular las deficiencias que se acusen en estas líneas.

Pueblos indígenas antes de la Conquista.

Antes de la llegada de los españoles habitaban el territorio anteriormente descrito dos grupos disímiles de indígenas. En la parte montañosa y hasta los últimos contrafuertes de los Andes, las estructuras sociopolíticas que el inca gobernaba desde Cuzco tenían estricta vigencia y constituían el Collasuyo, una de las cuatro partes de su "Imperio". En la llanura deambulaban tribus salvajes de bajo estadio cultural, las unas pacíficas y asentadas junto a sus cultivos, las otras belicosas y recolectoras de los no escasos frutos naturales y otras más, de reciente arribo y de índole guerrera y conquistadora. Eran estas últimas las hordas guaraníes que, venidas desde el hinterland paraguayo, habían sometido a varias parcialidades arawaques y chocado con los destacamentos quechuas que el soberano del Cuzco mantenía en sus atalayas de Saipurú y Samaipata.

Es de sobra conocido el relativo progreso al que habían llegado los quechuas —originarios, como quedó dicho antes, de la zona del Titicaca— y el sistema de organización que los regía, para cerrar la enumeración, que bajo el dominio incaico se hallaban las parcialidades aimaras del Altiplano y la de los urus del Lago Poopó que, acosados por los quechuas y no queriendo someterse, se encerraron principalmente en la isla de Panza de dicho lago.

La llegada de los españoles.

Fue Diego de Almagro, el compañero y rival de Pizarro, el primer peninsular que alcanzó, por el Altiplano, las tierras que, andando el tiempo, serían bolivianas. Lo hizo en 1535, cuando partiendo del Cuzco a conquistar su parte —la Nueva Toledo— resultó descubriendo Chile. De esa expedición data la primera fundación urbana en el país, la del pueblo de Paria, cerca de Oruro.

A esa expedición de paso siguieron otras que, aún en el tiempo de los Pizarro, se internaron hasta la zona de los valles y allí fundaron Charcas, en 1538, bajo la autoridad de Pedro Anzúrez de Campo Redondo. El descubrimiento de las minas de Potosí originó el asentamiento de la ciudad legendaria de ese nombre, en 1545. Luego, en 1548, y como punto intermedio entre los Reyes (Lima) y Charcas, Alonso de Mendoza, por encargo del Licenciado La Gasca, fundó la de Nuestra Señora de La Paz, que conmemoró con su nombre el fin de las cruentas guerras civiles que ensangrentaron los nuevos dominios del César Carlos.

Pero no sólo los españoles llegados al Perú se asomaban a la tierra boliviana. Como otra manifestación del sino unionista de ese corazón de América que es mi Patria, se da en ella el caso de otra corriente hispana que, subiendo las aguas del Plata y tomando por base de operaciones Asunción, entra en los Llanos y realiza colosal empresa.

Sin contar la legendaria entrada de Alejo García, el náufrago de la expedición de Solís que habría caminado acaudillando naturales desde las costas brasileñas hasta las primeras breñas andinas, ya tenemos a Domingo Martínez de Irala, el esforzado e inquieto fundador del Paraguay, recorriendo los campos de Chiquitos y, al enterarse de la presencia de sus paisanos en Charcas, enviando mensajeros a Lima, en donde la prudencia y la autoridad del Pacificador apagaba los rescoldos de la anarquía. Muerto Irala continuó la obra precisamente su portapliegos, que resultó ser de los capitanes con pasta de adelantados, que no en vano procedía de aquella Extremadura en donde nacían los dioses. Hablo de Ñuflo de Chaves, hidalgo de buena cepa, hermano del célebre confesor de Felipe II, que después de llegar al Paraguay con Cabeza de Vaca y tomar parte activa en la labor de éste y en las de Irala, después de ir dos veces a Lima y de superar no sólo la resistencia indígena sino también las dificultades de su propia gente, y luego de haber roto con el Cabildo asunceno para ponerse bajo el poderoso amparo del Virrey de Mendoza, fundó la ciudad de Santa Cruz de la Sierra —homónima de la aldeíta natal— en febrero de 1561. Esta ciudad llegó a ser el núcleo de la labor civilizadora que incorporó a la futura nacionalidad toda su baja geografía, amén de otros territorios que la azarosa historia de las Patrias americanas ha colocado bajo la sombra de otras banderas, hermanas, pero que no son la nuestra.

Perdonad la digresión y valga de excusa la proximidad de la fecha centenaria y el irreprimible amor al terruño, en cuyo homenaje y vuestro obsequio quiero recordar los versos de su canción cívica, que al celebrar las glorias de la libertad no olvida de agradecer las luces de la civilización y repite en su coro: "la España grandiosa / con hado benigno / aquí plantó el signo / de la Redención. / Y surgió a su sombra / un pueblo eminente / de límpida frente / y de leal corazón".

Con posteridad fueron fundadas Oruro, en el Altiplano; Cochabamba y Tarija, en los valles centrales; y las misiones jesuíticas de Mojos y Chiquitos, núcleos de actuales poblaciones prósperas, en la llanura.

El mestizaje.

Legados los españoles a América surgió desde el primer momento el nuevo tipo de hombre americano, aquel que sería el poblador de nuestros países y el objeto de toda nuestra Historia. Frutos del amor, los "mancebos de la tierra”, como se los llamó en los países del Plata, participaron al lado de sus padres en las tareas de descubrir y desencantar la tierra y en las posteriores luchas por la independencia. Pero ocurre con los mestizos un fenómeno social que ya muchos han estudiado y que se relaciona con la posición económica de cada uno de ellos. Si por uno u otro motivo el mestizo ha logrado escalar puestos, se confunde con el blanco y forma en las minorías que rigen la vida del Estado; si no, se confunde con el indio, no precisamente en la pasividad y el estupor, sino en la posición de subordinación y de explotación de que se les hace víctimas.

Es sabido que en América —lo mismo que en España— sería un necio quien abogue por la superioridad de una raza, entendiéndola como pureza de sangre. El caso americano —y con más fuerza el boliviano— es de educación y responsabilidad, pues así como hay exponentes caucásicos notables como el Presidente Linares o un escritor, René Moreno, los hay también estrictamente mestizos como el Mariscal Santa Cruz o el literato Tamayo, no siendo difícil que, incorporados a la cultura nacional, podamos contar pronto con políticos o investigadores indios.

La situación actual.

Considerando que la población de Bolivia está aproximándose en la actualidad a los 4.000.000 de personas, se puede calcular que 2.200.000 son indios (quechuas y aimaras, principalmente), 1.200.000 son mestizos y poco más de 500.000 son blancos o "blancoides”, como dicen los rubros de la Dirección General de Estadística y Censos. Las proporciones serían, pues, del 55, el 30 y el 15% respectivamente. Esta población se halla desigualmente repartida en el territorio y, según dato oficial publicado en agosto del año pasado, cerca del 83% (más de 3.000.000) vive en la zona montañosa del Altiplano y los valles, que sólo ocupa un tercio de la superficie del país; mientras que los habitantes de los otros dos tercios de llanura sólo alcanzan el 17% (alrededor de 700.000).

En otro aspecto puede decirse, sin temor de equivocarse mucho, que en las nueve capitales de Departamentos y en los diez principales centros urbanos de provincias vive sólo un poco más de 1.000.000 de personas, quedando el resto en el campo o en pequeñas comunidades de tipo aldeano.

La mayor población se concentra en La Paz, sede del gobierno y centro económico de Bolivia, que así y todo debe apenas rondar por el medio millón de almas. Cochabamba, con 120.000 habitantes, es la primera ciudad del valle, llamada a gran desarrollo por sus excelentes condiciones de clima y topografía. Santa Cruz de la Sierra, al comenzar la llanura, es tal vez —aunque ahora sólo cuente con 70 u 80 mil habitantes— la ciudad boliviana de más claro porvenir. Oruro y Potosí, mineras; Sucre, la capital legal de la Nación, tradicional y universitaria; Tarija y Trinidad, agrícolas y ganaderas; Cobija, pequeño centinela del trabajo en el Norte; y, entre las villas provinciales, Montero, Quillacollo y Tupiza, completan el cuadro de los centros urbanos bolivianos.

El desnivel de la densidad de población relativa, que en términos generales va de 7,5 a 1 habitante por kilómetro cuadrado en la montaña y la llanura, se acentúa aún más si se toman sectores aislados como la zona de influencia del Titicaca o de los valles de Cochabamba, por un lado, con índices de 12 y 15 habitantes por kilómetro cuadrado, en tierras relativamente pobres; y grandes sectores del Oriente, en donde el desierto es aún concepto vigente y los vuelos de los aviones o el paso del tren se hacen por encima o a través de selvas y pampas en donde no se distingue rastro humano.

Sin embargo, para dejar una visión más o menos clara del problema, será bueno señalar las zonas en que las concentraciones de población actúan vigorosamente, y así tendremos la de La Paz, fabril y comercial; la del Norte de Potosí y Sureste de Oruro, en donde están las grandes minas de estaño; la del valle de Cochabamba, agrícola y comercial; y la de Santa Cruz y sus provincias norteñas, agropecuaria, comercial y en un incipiente proceso de industrialización.

La política de las migraciones.

Como una posibilidad de resolver el problema de la tierra en las zonas altas, pero también con fines de política menuda (desplazamiento de supernumerarios de las minas, por un lado; y, por otro, inútil precaución frente a un supuesto o probable centro de conflictos internos en Santa Cruz), se ha probado, sin gran éxito hasta ahora, un programa de migración interna, consistente en asentar sobre tierras baldías o abandonadas a campesinos quechuas o aymaras. No es que haya fracasado el plan, pues son numerosos los casos de adaptación al nuevo medio geográfico, pero no se ve en él una solución al problema de la población del país. Cualquiera que sea el ritmo de los traslados y el éxito de los asentamientos, la escasa cifra actual de cuatro habitantes por kilómetro cuadrado no variará sino en la proporción en que crezca vegetativamente el número de bolivianos, señalada en 2,5% anual.

Lo que falta sería un enfoque más realista del problema y la búsqueda de corrientes migratorias que llenen el vacío que se acusa. Una experiencia japonesa, auspiciada por los Estados Unidos, está en vías de demostrar la viabilidad de cualquier plan de esta naturaleza, con mínimas exigencias de ayuda, tanto de parte de Bolivia en cuanto a concesión de tierras y facilidades transitorias en la tributación fiscal para una primera época, como de parte del país de origen o de centros internacionales de cooperación en cuanto a la provisión de aperos de labranza, maquinaria y ayuda financiera.

Una inyección de gente, dinámica y emprendedora, no en grupos esporádicos sino en corriente sostenida, podría ser el remedio para que esa tierra rica y feraz cumpla en América y para el mundo un papel que, aunque callado y humilde, sea importante para todos.

Escrito en 1972 y publicado el 12 de agosto de 1990 en EL DEBER.

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