Frescas las flores, preces y reminiscencias cariñosas de su segundo aniversario mortuorio, agrada poder dar a luz, bien que en dos partes, el texto de uno de los magistrales discursos pronunciados en tierras de España por Marcelo Terceros, cuyo novel tenor es el que sigue.
Sean mis primeras palabras para saludar, pleno el corazón de sentimientos, a esta Ilustre y Real Sociedad Colombina Onubense que, durante ya casi un siglo, tiene y cumple la misión de celebrar y exaltar las grandes fechas ligadas a la epopeya del Descubrimiento, que tanta y tan íntima relación con esta tierra andaluza tuvieron y mantienen.
Casi nuevo todavía en el ejercicio de la honrosa misión que me ha encomendado el Gobierno de Bolivia para representar a su pueblo ante el Gobierno y la Nación española, he manifestado a los personeros de la Real Sociedad, cuando me proponían este encargo que es singular privilegio, mis dudas y mis agradecimientos. Dudas de estar capacitado para ocupar esta tribuna, honrada ya por voces tan egregias de este y el otro lado del Océano; y gratitud por haber distinguido en mi persona (más bien acostumbrada a la cátedra universitaria que al discurrir diplomático) a mi amada patria, Bolivia, encerrada entre sus montañas y sus selvas, que se mira en los pequeños y como rotos espejos de su Lago y de sus ríos, añorando el grande y universal espejo de la mar, aquí tan cerca.
Pero venciendo dudas y tratando de ser digno del otro sentimiento, aquí estoy, puntual a la llamada, poniendo cerebro y corazón en la tarea, como tiene que hacerlo cualquier americano cuando, hijo de aquellas tierras colombinas, deba referirse al proceso de su Descubrimiento, es decir, al de su inserción definitiva en el frondoso árbol de la civilización occidental. Parafraseando a vuestro ilustre y galdosiano José Antonio, me atrevo a adelantaros que hoy, quizás, escuchéis de mi boca razones del corazón y cerebrales sentimientos.
Nada hay más difícil en el esbozo de un tema como el que se me encomienda que el dejar la libre elección del mismo al honrado expositor. ¿Acertaría al escoger una de las mil facetas del amplísimo espectro colombino? ¿No se diluiría en incoloras y lejanas perspectivas si trata de abarcarlo todo? Y puesto que no soy, concretamente, un americano del Mar Caribe que visitó en las carabelas el Almirante, ni vengo de las costas del Istmo ni de las de Tierra Firme que vieron ojos andaluces de Pinzones y Trianas; si más bien provengo del más recóndito rincón de ese gran corazón que semeja Sudamérica, ¿qué podré decir, cuitado, en La Rábida del ilustre marinero, en Huelva que fue cuna de pilotos y de nautas, en Andalucía que volcó su alma sobre el piélago, en la eterna y materna España que es puente entre dos tierras viejas y país de la nao cristiana hacia el soñado y no esperado Mundo Nuevo?
Mas, puesto a discurrir, hete la idea que puede ser solución al interrogante y modesta lección hispanoamericana, pero al fin lección: El Descubrimiento, que física y geográficamente aquí en Palos se iniciara hace precisamente 480 años, no es hecho histórico del que sólo haya que celebrar los aniversarios, sino que fue, es y será un acontecimiento que vive y se realiza cada día. Que si el viejo cronista dijo que, hecha salvedad de la Encarnación del Verbo, nada igual vieron los siglos, habrá que atreverse a afirmar que, así como el Misterio cristiano continúa y permanece en toda su inefable virtud redentora universal, es decir, católica, así también este otro hito imperecedero de 1492 permanece y continúa actuando con su católica, es decir universal, significación.
Os ruego, pues, excelentísimos e ilustrísimos señores, dignas damas, culto público que me escucháis, vuestra benévola atención para desarrollar este tema, que podría llamarse "Pasado, presente y futuro del Descubrimiento” o "Permanencia histórica de la gesta descubridora".
No tendría sentido, ante vosotros cultos y proficuos mantenedores de la tradición, narrar otra vez la historia del Descubrimiento. Más de noventa años de actividad cultural, impiden al visitante enfilar su lección hacia esas singladuras. Pero como habrá que hablar de la gesta y estamos en la Santa Casa donde el visionario recibió oportuno y preciso aliciente; y como me escuchan los lejanos pero directos descendientes de los patronos andaluces que dieron no sólo barcos sino tradición marinera, no sólo contenido humano sino también ciencia cosmográfica y corazón aventurero a la epopeya, como habrá que hablar de la gesta, debemos encontrar en estas puntadas que bordaron aquí una parte tan insigne del cañamazo de la Historia, una señal, o si queréis, una enseñanza.
Vino Colón a España —pero ¿es que vino?— con su ciencia y su ilusión. Extranjero o extraño —para el caso es lo mismo— en la Corte de los Reyes Católicos, empeñados ellos con todas sus energías en la indeclinable tarea de la Reconquista y la unidad, sería uno de los varios que pedían ayudas concretas a cambio de promesas, en ese tiempo a la verdad casi ilusorias. Su tesón seguía a la Corte y resistía las burlas de descreídos o las poderosas razones de Tesoreros y Contadores de flacas faltriqueras. Mas todo corazón tiene límites y todo proyecto de empresa flaquea en cierto nivel de incomprensión.
Cuentan los textos de los desolados días de peregrinaje y las amargas experiencias que el ideal tiene que tragar ante la desconfianza. Pero no en vano Don Cristóbal escogió tierra de Quijotes. Una Reina como Isabel, un amigo como el humilde fraile de esta Casa, unos “empresarios” que diríamos ahora, como los Pinzón, una marinería como la del pueblo de estos lares, completaron la visión del genio e hicieron posible la proeza.
Y a cada cual su gloria. Al Almirante, la suya interminable; a la Reina, la bendición de tantos pueblos que se tienen, y a honra, por hijos suyos; a los Capitanes y tripulantes de las carabelas, el honor que, a veces tan sin razón, se les ha cicateado.
Y precisamente en este entramado, que ya quisiera haber podido inventar algún autor genial, pero que lo hizo la Providencia, hay que buscar la lección perdurable. Nobles castellanos y tesoreros judíos, pueblo andaluz y genio ligur, apostolado cristiano y ciencia ptolomeica, ¿no son acaso ingredientes de una empresa universal?
En la radical unidad del hombre, en la apertura limitada que él debe aprender del Creador, está la marca, la señal, la impronta imborrable de un acto sin precedentes y una gloria que no tiene eclipse
Tal la visión de ayer.
Escrito en 1972 y publicado el 3 de junio de 1990 en EL DEBER.

No hay comentarios:
Publicar un comentario