Bolívar, por Salvador de Madariaga (III)

 


La Parte Tercera del Libro Primero se titula "La Guerra a muerte" y comprende los siguientes capítulos: XVII, El primer destierro; XX, La guerra a muerte; XXI, El primer triunfo de Bolívar; XXII, La primera dictadura; XXIII, La huida a Oriente; y XXIV, Bolívar toma Santa Fe y pierde Nueva Granada.

En general, esta tercera parte, dedicada ya de lleno al estudio de la persona y la obra de Bolívar, descubre bien a las claras la situación —ya anotada en estos comentarios— del autor que, a pesar de sus esfuerzos y del tiempo transcurrido, tiene plaza sentada en uno de los bandos de la grande y feroz lucha entre hispanos. De vez en cuando, sin embargo, el historiador toma su puesto y, después de haber vertido su dosis de antibolivarismo, reconoce la egregia personalidad del genio.

El primer capítulo de esta parte —"El terremoto"— se dedica a pintar una caótica situación en la recién nacida nación venezolana; los trabajos y muerte del hermano de Bolívar, Juan Vicente, a quien se hace aparecer de amigable componedor de la lucha, situación a la que había dado asentamiento Simón; y el célebre sismo que destruyó tantas ciudades de la región y dio lugar al famoso desplante de Bolívar desafiando a las fuerzas desatadas de la naturaleza. En uno de aquellos rasgos del historiador certero, el de Madariaga a raíz de la frase célebre del entonces muy joven Libertador: "Bolívar sobre aquel montón de ruinas fue aquel día el único hombre que habló el lenguaje del porvenir... expresó aquel día... aquella su fuerza de voluntad, aquella su tensión diabólica de Prometeo americano que fue el verdadero secreto de su grandeza sobre las ruinas de Charcas como la figura a la vez más grande y más española de aquel día histórico" (Pág. 332 y 333, cap. XVII, par. 6). Finaliza el capítulo con la última carta escrita por Bolívar a Miranda, dándole cuentas de su afligida situación en Puerto Cabello, que habría de perder.

Ya lo he dicho: en toda esta parte Madariaga no se puede deshacer de su ser español y, por consiguiente, de su pasión por la lucha. No me referiré, por eso, a los múltiples sitios —casi todo es uno solo— en que se denigra al héroe; tengamos aún buena voluntad, queramos creer en la sinceridad del autor, y pasemos como cosas propias de la lucha en que él se adentra esos arrebatos de celo y de venganza, que en nada pueden empequeñecer el prestigio de Bolívar.

"El martillo de la adversidad” comienza por contarnos lo de Puerto Cabello, "el hecho clave de la vida de Bolívar", según Madariaga -337- y las lógicas reacciones en el espíritu del soldado, que se cree culpable de la pérdida, no sólo de una plaza sino de toda su causa. "Bolívar hizo todo lo posible por defender la plaza" -339-, "pero nada pudo al fin y se retiró de ella". Claro que hubiera sido mejor, para la causa con la que se identifica el autor, que hubiera caído como valiente con el último —sin eufemismos— literalmente considerado de sus soldados. Así no habría más que hablar. Así, cuando Bolívar termina su informe sobre la acción y dice: "se ha perdido la plaza... he salvado mi honor... ojalá no hubiera salvado mi vida y la hubiera dejada bajo los escombros" -340-, Madariaga comenta: "palabras de un hombre de honor que se da cuenta de no haber obrado a la altura de lo que su conciencia exigía" -340-. ¡A tal extremo se llega en el calor de la pasión! Pero ¿para nosotros no es más bien lo correcto, lo justo, lo necesario, que ese hombre supiera salvarse, para después prestar tan grandes beneficios a su causa? Es lógico que la tribulación abata su alma grande; no son de piedra las de los genios, ni es desconocido el amargo sabor de las lágrimas viriles para los héroes. El propio autor nos apoya: "En aquellos días, Bolívar no se tenía moralmente en pie. Estaba en plena desintegración, mucho más de lo que hubiera estado en caso análogo cualquier otro, precisamente porque era más grande y más complejo; un alma vasta, espíritu soberbio y egoísta en grado diabólico" -342-. Para redondear su frase con tan bella metáfora como ésta: "El que no ha visto el pétalo en la espina y la espina en el pétalo no sabe qué es un rosal" -342-.

En el debatido asunto de la prisión de Miranda, tan explotado por los enemigos de Bolívar, se exalta Madariaga, como era de esperar, y atribuye a éste la responsabilidad de la prisión de aquél, con "el propósito deliberado de congraciarse con el Gobierno español y pasarse al otro campo" -351, y lo subraya. Y para dar cuenta de cuán apasionado es el capítulo, basta la frase con que lo cierra: "Preso en un torbellino de fuerzas diabólicas, cavó al fondo del abismo de la infamia... La humillación, la duda, la ruina íntima, la abjuración y la infamia eran necesarias para forjar en el fondo de su alma atormentada una fuerza dura, intrépida e invencible que hiciera gravitar todas las tensiones de su alma compleja y guiara sus energías maestras hacia la victoria de la causa que iba a ser suya hasta la muerte —la gloria de Simón Bolívar” -358, 359-. Así juzgado, ególatra, amoral y arbitrario, la personalidad de Bolívar la observamos desde el lado de sus enemigos de la guerra, pero ella no sufre mengua. Antes bien, por los relámpagos de imparcialidad del libertador, se avizora su verdadera talla, que no es ni la del inmaculado militar que nos pintan sus conocidos panegiristas, ni el atolondrado guerrillero que nos muestra este autor, sino la de un hombre grande, capaz de hacer lo que hizo: con su genio, formar el mundo que ahora, enfriados los resentimientos (aunque queden bajo las cenizas una que otra brasa ardiente), busca la unión con los de su propia raza, con los de su mismo espíritu, que también atribulados por las crisis, tienden sus fraternos brazos hacia acá para juntos ser los rectores de una civilización cristiana, justa y caritativa, ajena al desenfrenado poder y sólo atada a las eternas doctrinas de la verdad.

Escrito en 1951 y publicado el 30 de junio de 1991 en EL DEBER.

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