Bolívar, por Salvador de Madariaga (VII)

 


A pocos días del 6 de agosto, la fecha de Junín, proseguimos la grata tarea de espigar conceptos de Madariaga comentados por Terceros, acerca del Libertador.

El capítulo II canta —esa es la palabra— el cruce de los Andes.

Quedan confirmadas, de boca de un español, las condiciones que hacen de Bolívar un militar genial y un estadista de envergadura: refiriéndose a esta acción (4-8-19) dice Madariaga: "Esta marcha nocturna es una de las obras maestras de Bolívar como militar” y refiriéndose a la batalla de Boyacá (4-8-19) y a las conveniencias políticas que de ellas derivaron dice: "Todo ello confirma la agudeza política con que Bolívar juzgó la situación antes de pasar los Andes” -41-.

No puedo resistir a la tentación de copiar unos conceptos de Madariaga refiriéndose al ejército al pie de la cordillera: "Imaginemos aquí aquel poderoso espíritu en aquel cuerpo desmedrado de pie ante el obstáculo más formidable que la tierra opone al hombre, dejando a su espalda un ejército español relativamente fuerte al mando de un general capaz, un puñado de caudillos republicanos de dudosa lealtad y un gobierno débil e incompetente; su espíritu aún hacía pocos días había tenido que sofocar una rebelión en las filas de sus propios compañeros, alguno de los cuales había conspirado para dejarlo a él y poner a Páez en su lugar; un hombre que a los 35 años, el menos joven de sus generales, se hallaba entonces en buena salud, capaz de una actividad física y moral maravillosa; que no se quejaba nunca; para quien ningún trabajo era insoportable, ninguna marcha excesiva, ninguna tarea demasiado baja; cómo ayudaba a cargar mulas y canoas, que iba y volvía a caballo de orilla a orilla de los ríos para auxiliar a soldados fatigados, a mujeres, a heridos; imaginarlo entre su gente, plenamente consciente de los riesgos gigantescos que corría, esforzándose en vencer a la naturaleza donde más ingente se le oponía y todo ello para ir a enfrentarse con un ejército más numeroso, mejor equipado y desde luego, más descansado que el suyo, poniéndolo todo al albur de la suerte, con los medios más escasos, sin cañones, sin maquinaria, sin organización, sin inteligencia, casi sin vestuario, la piel y los huesos, los músculos y los corazones de aquellos soldados venezolanos, casi todos hombres de los llanos tórridos a quienes aterraban las alturas heladas; de los ingleses, tan poco hechos al calor de la tierra baja, como al aire liviano de los páramos andinos y, al imaginarlo así, al pie de los Andes, con el arco de su voluntad tenso para lanzar su flecha por encima de la Gran Cordillera y dar en el blanco de Santa Fe, admiremos el milagro que se proponía realizar” -33, 34.

Esta página es todo un homenaje a la acción legendaria y a la pasión que la hizo posible. Madariaga con ella sólo se libra de las calumniosas imputaciones de los que no admiten contradicción a la leyenda que hace de Bolívar un superhombre y no todo un hombre.

Finaliza el capítulo con la entrada a Bogotá y escribe: "El héroe está vivo por su frustración política y por la constancia y la fe heroica que sostuvo en la adversidad y durante los tormentos de la ascensión; si mereció la derrota por la temeraria aventura del Pantano de Vargas, donde lo salvó el valor de sus auxilios ingleses, volvió a merecer su suerte por su maniobra magistral frente a Barreiro; pero en cuanto a Boyacá, ya la había ganado en el Pantano, y lo que allí se luchó quizá no pasa de lo mínimo necesario para justificar la deserción de las tropas americanas al bando que por naturaleza les correspondía" -41-.

Escrito en 1951 y publicado el 4 de agosto de 1991 en EL DEBER.

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