Necesidad de reflexionar

 


En el abigarrado ambiente político que vivimos, en el cual no alcanza ni el mayor optimismo para encontrar virtudes ni buenas perspectivas suficientes para contraponer a los odios, las mañas y las perversidades, es muy peligroso predicar la sana doctrina, pues uno puede ser confundido con los tontos o los locos. Sin embargo, la responsabilidad del periodismo da para insistir, aún a riesgo de las malas interpretaciones o de cosas peores.

Si nos detenemos a contemplar unas cuantas muestras de lo que acontece, nos encontraremos con que las actuaciones parlamentarias perdieron el freno y parecieron destinadas a apresurar reacciones elementales; los conflictos universitarios se desbocan hacia el uso irracional de la violencia; las actividades que pretenden poner atajo al bandolerismo verbal se alinean con la ayer abominada payasada de la huelga de hambre; la necesidad de condiciones de vivienda estable se hunde en el asalto ya no sólo de propiedades privadas sino de bienes comunes cuya conservación interesa a todos. Y podríamos seguir inacabablemente con la letanía, que estamos bien provistos de ejemplos que encontramos por donde miremos.

A esto es a lo que hemos llegado tras un mes de democracia. Y no contamos la tirantez entre los Poderes, la falta de apoyo del Presidente, la innegable inquietud castrense y la fundamental desilusión popular. Sólo quienes se niegan a ver lo inocultable, porque siguen una consigna que deben cumplir obligatoriamente, pueden afirmar que este país ha conquistado su libertad y que está llamado a grandes victorias por este camino. La única victoria que se alcanzará a este paso será la de la pobreza y el hambre, cuando se agoten los escasos recursos de que podamos echar mano.

Pero no es posible detenernos en la simple acusación sin buscarle los remedios. Gentes de prensa y de industria, universitarios y maestros, comerciantes y propietarios, obreros y soldados, mujeres y varones, deben pensar que es imposible dejar que corra el turbión y arrase con lo que encuentre. Los propios actores de los lamentables hechos que nos perturban, pueden reflexionar y en un gesto de honestidad profunda enrumbar hacia mejores metas. El parlamentario que dio rienda suelta a su lengua, seguro de que no puede ser demandado por calumnioso, puede recordar que su misión es otra y buscar entre sus electores ideas para servirlos; el joven fogoso que, olvidando su primera educación y sus ideas de formarse, agarró piedras para destrozar bienes que están puestos para su beneficio, puede considerar serenamente que gana más retornando a la regularidad de sus estudios que armando algaradas inconducentes; las honestas mujeres que, en impulso irreflexivo, remedan al líder que aborrecen olvidando el respeto que se merece un templo, pueden retornar a sus hogares a cumplir la más noble tarea femenina como es la de educar y guiar a sus hijos con ejemplos; el pobre loteador que no se dio cuenta de que estaba siendo usado por los eternos pícaros que viven de él, puede encaminar sus pasos ante las autoridades, que no faltará buena voluntad para solucionarle por la vía legal su necesidad habitacional.

En fin, lo que se necesita es pararse un momento y meditar. Nada se conseguirá ahondando nuestras desgracias y todo lo podremos tener si no nos dejamos llevar por los bajos sentimientos.

Publicado el 7 de septiembre de 1979 como editorial en EL MUNDO.

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