A tiempo de escribir el comentario de hoy, ya bien avanzada la noche, el panorama de la política nacional se enrarecía. Movimientos de tropas, rumores no confirmados, despachos contradictorios, llamados angustiosos a la paz y a la serenidad, hacían el ambiente desagradable y pesimista.
Lo peor era que no había definiciones y que nuevos nombres se sumaban a los de la noticia. Unos quizás honestamente buscando soluciones al temido enfrentamiento y otros tal vez con vocación de billaristas, que para todo ha dado nuestra triste historia, hasta para lograr el Poder por carambola.
Lo más serio, sin duda, es el llamado que la Conferencia Episcopal hace al pueblo, a las instituciones tutelares y a los responsables políticos, para evitar a todo trance la lucha fratricida y para esforzarse en lograr, por los caminos de la democracia, un Estado de Derecho. -ideal, por cierto, lejano en estas circunstancias, pero no por eso renunciable.
Estamos, pues, a estas horas, de nuevo en el filo de la navaja. No sólo por la ambición o el apresuramiento de quienes trataron de llenar lo que consideraban un vacío de poder, sino también -y es hora de no olvidarlo- por la falta de generosidad de los políticos que ahora se rasgan las vestiduras por el atropello, pero ayer nomás no eran capaces de ponerse de acuerdo para aceptar el llamado que el Jefe del Estado les hacía para que compartan las responsabilidades.
Y ante la gravedad de la disyuntiva, están los cómodos dirigentes que tampoco quisieron cooperar al régimen democrático y ahora ajustan las clavijas de la huelga general, sin darse cuenta o sin que les importe saber que los efectos de ella no los siente únicamente el nuevo régimen al que se oponen, sino sobre todo el pueblo sencillo, el que vive su diaria necesidad y ahora puede estar pasando hambre porque no tiene donde comprar su comida o su queroseno. Ya sabemos que este tipo de huelga es un factor de presión dicho popular, pero no se nos negará que sus efectos inmediatos, si se quiere físicos, los sufre el propio pueblo.
Qué nos deparan las próximas jornadas, es cuestión de difícil respuesta. Una vuelta atrás de parte de los protagonistas del golpe de Estado del jueves, idealmente sugerida, resulta de muy problemática aceptación por ellos. Sostenerse en tal situación, podría resultar en una represión que nadie desea y muchos tememos. La reposición a la situación pasada, aunque predicada por muchas voces que -caso raro en la historia de los cambios políticos bolivianos- tienen cabida en los medios de difusión pública, resultaría de tal modo inacreditable, que casi se sale del abanico de las posibilidades. Pero nada es imposible, sobre todo en nuestro país.
Terminemos estas líneas con el profundo anhelo de que todo sea resuelto en paz y que algunos de los actores del drama se hagan acreedores a la gratitud general, por su desprendimiento, su generosidad y su patriotismo.
Publicado el 4 de noviembre de 1979 como editorial en EL MUNDO.

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