La producción triguera, un nuevo desafío

 


Leemos con interés en la prensa nacional un artículo medular que firma un prestigioso profesional agrónomo sobre el problema del abastecimiento de trigo y cereales a nuestro mercado nacional, que EL MUNDO había tocado, en esta columna, de modo esporádico hace pocos días. Dice, en resumen, el articulista paceño que Bolivia puede abastecerse de trigo con producción propia que sustituya las importaciones que actualmente alcanzan a 250.000 toneladas; que hay millones de hectáreas aptas para cultivar especies de alto rendimiento; y que no solamente podemos valernos a nosotros mismos, sino que la posibilidad de exportar cereales, cuya necesidad crece en el mundo a pasos gigantescos, no es un sueño inalcanzable.

Aparte el interés que en tales afirmaciones deberían poner los que tienen a su cargo la planificación de la economía nacional -o los que la tendrán en un próximo gobierno- sería muy conveniente que entidades privadas como la Cámara Agropecuaria del Oriente tomasen cartas en el asunto, ya que no se trata simplemente de un programa más, sino de una posibilidad real para abrir nuevos rumbos a la agricultura nacional, cuya situación crítica es de todos conocida.

Hay un punto en el estudio que comentamos, que bien vale la pena reiterar en esta nota. Dice nuestro autor: “Lamentablemente, la insólita parcelación de las tierras con fines de colonización que se piensa hacer en la Reserva Fiscal de Abapó-Izozog, en lugar de constituir un desarrollo en gran escala agroindustrial, no hace sino retrasar las posibilidades de un arranque de envergadura, perjudicando a todo el país”.

Efectivamente, dentro del proyecto de producir trigos tropicales de alto rendimiento, conforme a los logros ya experimentados de la llamada “revolución verde”, el plan Abapó-Izozog que maneja una empresa dependiente de las Fuerzas Armadas, es el más llamado para implementarlo. Sin embargo, por un prurito populista que no tiene asidero económico, se pretende probar allí otro ensayo de colonización minifundiaria que no está en la línea recomendada de la economía de escala, indispensable para abocarse a programas serios y de volumen importante, como sería el de explotar 25.000 hectáreas de sembradío.

Y no se nos diga que en este aspecto queremos volver a los cánones del liberalismo tan mal mirado por muchos. Recuerda el cronista haber conocido extensísimas granjas dedicadas a una racional explotación agrícola, no en los Estados Unidos o en otro país de economía de mercado, sino en uno de los países socialistas del Este europeo -Yugoslavia- donde el Poljoprivredni Kombinat de Belgrado explota en régimen de empresa su producción agrícola, pecuaria e industrial.

Tanto la Corporación que actualmente maneja el proyecto de Abapó-Izozog, como la misma Corporación de Desarrollo que participa en el vecino y vinculado proyecto de Rositas, y las instituciones privadas, deberían interesarse a fondo con los planes de producción cerealera, como uno de los rubros más al alcance de nuestros tradicionales hombres de empresa, que en este nuevo desafío tendrán otra vez la posibilidad de demostrar su espíritu de superación y su capacidad de trabajo.

Publicado el 29 de julio de 1979 como editorial en EL MUNDO.

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