En las ediciones dominicales de varios órganos de prensa, entre ellos EL MUNDO, se han registrado anteayer informaciones sobre los proyectos de la Corporación Gestora de Abapó-Izozog, principalmente tendientes a la producción nacional de trigo, aunque también a la de otros cereales, a la de algodón y a la crianza de vacunos. Aunque el proyecto de Abapó-Izozog ya lleva varios años, pareciera que ahora está a punto de convertirse en una empresa, una realidad tangible, de la que todos los bolivianos deberemos estar orgullosos.
Infelizmente, el mismo día un diario de circulación nacional registraba también noticias acerca de lo que ocurre con los productores de trigo en la zona de Zudáñez (Chuquisaca), los que habiendo sido incentivados a sembrar y producir el grano tradicional, se encuentran ahora con su cosecha a punto de agorgojarse, pues no se les cumplen las promesas de adquisición por las autoridades correspondientes y pululan por ahí los famosos intermediarios que desean aprovechar del apuro, o más de los infaltables burócratas que, dándole vueltas al asunto, voluntariamente o no, ayudan a la explotación del honrado agricultor.
Todo ello nos mueve a reiterar lo que ya escribimos en esta columna, aunque de modo circunstancial, acerca de la necesidad de una política que no solamente fomente -como lo hace CORGEPAL- la producción triguera (y dígase lo mismo para el maíz, el sorgo, la soya o el algodón), sino que asegure a los agricultores precios de garantía y mercados de consumo, así sea renunciando al "apoyo" del trigo importado y fiado conforme a la Ley Pública 480 de los Estados Unidos.
30.000 hectáreas de campos regados para una primera etapa, no son poca cosa y con rendimientos como los ofrecidos por los técnicos en la última demostración en Abapó, darían para abastecer en gran parte, si no en su totalidad, el mercado nacional. Las perspectivas futuras, decuplicando esa superficie, harían ya de los campos del gran complejo un verdadero emporio que no sólo habría de interesarnos a los bolivianos, sino que tendría repercusiones en todo el ámbito del Cono Sur, pues esas tierras se convertirían en la despensa de granos y de carnes para toda la región.
Un comentario aparte merece la solución apuntada en cuanto a la implementación del proyecto, ya que todo su ámbito es actualmente despoblado, si se exceptúan pequeñas comunidades de criollos y de indígenas chiriguanos allí asentados tradicionalmente. Se ha afirmado que, inicialmente, se reorganizarían dos cooperativas de productores, formadas por unas 300 familias, a cada una de las cuales se las dotaría comunitariamente de algo más de mil hectáreas netas para la explotación, facilitando de ese modo el cultivo mecanizado y la asistencia técnica, amén de la infraestructura vial, sanitaria y de otros servicios. Por más que este tema lo reservemos para futuro editorial, apuntamos desde ahora que quienes tienen más derecho y ofrecen más garantía para el éxito de la empresa, son los pobladores de la región, hasta ahora marginados de los planes de colonización emprendidos por el Estado.
Publicado el 28 de agosto de 1979 como editorial en EL MUNDO.

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