Significación del 12 de octubre

 


Vecina la celebración del "descubrimiento de América”, cuya importancia va asumiendo mayor magnitud, a medida que se acerca su quinto centenario, en 1992, resulta oportuna la publicación de la siguiente página, breve resumen de concepciones y pensamientos de Terceros Banzer expresados en 1955 en torno al magno acontecimiento.

Bien se sabe que no ha habido en todo el orbe, desde que los primitivos pueblos de la Caldea milenaria comenzaron a escribir la Historia, y excepción hecha del inefable misterio de la Encarnación del Verbo, nada que pueda parangonarse con lo que para todo el mundo significó lo que vieron al amanecer del 12 de octubre de 1492 los tripulantes de tres pequeñas naves españolas. Conforme con la profética exclamación de Séneca, desde aquel día no fue más Thule la última de las tierras, ni el tenebroso Mar fue más tinieblas, se había cumplido una proeza que no podrá superar el hombre sino cuando trascienda los espacios infinitos e inicie otra época de ámbito sideral. Y la hazaña sólo fue posible por la pericia y el tesón de un hombre, Cristóbal Colón, por la fe y el valor de una Reina, Doña Isabel de Castilla, y por el espíritu inmarcesible de un pueblo, el de España.

Si nos fuese dado divagar sobre lo que pudo haber sido la Historia, de no haber acontecido ciertos hechos, nuestros pensamientos tomarían un vuelo fantástico, que casi no tiene límites. Y si, en el caso concreto del Descubrimiento de América, nos permitiésemos aunque sólo fuera atrasarlo unas cuantas centurias, la faz del mundo que nos presentaríamos a la fantasía debería tener el mismo parecido que ofrece una perdida aldea de salvajes en lo más ignoto de la selva con la urbe bulliciosa y gigante de nuestro siglo. ¿Cuál habría sido el destino que Isabel y Fernando dieran a sus pueblos, concluida ya la Reconquista? ¿Cuál el desarrollo de la economía europea sin el oro y la plata americanos? ¿Cuál el campo de acción de la Iglesia, privada del enorme venero de infieles que era el Nuevo Mundo? Y, en fin, ¿cómo se hubiera desarrollado la cultura europea medieval? Que no quepa duda, pues, que el sol que doró las playas del Caribe por primera vez ante los ojos europeos alumbró también el amanecer de una edad distinta.

De Europa, dos mil años de cultura pacientemente acumulada, peligrosamente preservada a veces, y que se remontaban a la Grecia y la Roma precristianas, pasaron a América, aunque es justo decir que lo hicieron a través de España y sus pobladores. Y esa fue nuestra suerte. Porque la Península, que desde siglos había sido bastión de cultura y antepecho de la cristiandad, supo imprimir a las savias nutricias de la Europa su peculiar colorido, y quiso también, como suave filtro, purificar las aguas de la antigua fe para que la beban en su prístino sabor los nuevos herederos de Dios.

Las poderosas razones políticas y económicas que por entonces hicieron de España la primera Nación del Orbe, fueron causa para que en los posteriores años de la conquista se confundieran en ella no sólo los variadísimos tipos peninsulares —desde el orgullo euskaro hasta el mozárabe y el catalán—, sino gentes de los cuatro puntos cardinales de la Europa, súbditos todos ellos de la Cesárea Majestad Católica. Y así estuvieron con los señores castellanos y los adelantados andaluces, los lansquenetes bávaros y los comerciantes genoveses, los marinos lusitanos y los capitanes flamencos. Bien nos lo recordó en pasada ocasión nuestro erudito y digno Presidente, pues junto a los castizos Chaves, Salazar y Mendoza, estuvieron en el alba cruceña los Brumbetke y los Schmidl por sólo citar los de prosapia sajona. Todos ellos dignos de los versos del poeta: Eran hombres, aquellos:

Eran hombres – montañas
Hombres – ríos,
Voluntades al mando de inquietudes,
Capaces de subir,
Aún siendo ríos;
Dispuestos a bajar,
Siendo montañas.

Tal fue, de una parte, el comienzo de la nueva raza americana. Con las corrientes europeas llegaría a confundirse, a veces más que en la sangre, en el espíritu, la contribución indígena, unas veces supeditada muy pronto por lo foráneo y otras, no pocas, rápidamente vencedora en el pigmento de la tez o en los más íntimos recovecos del alma. Así nació y así se desarrolla aún nuestro tipo humano. Él no está todavía suficientemente logrado, pero apunta al porvenir con fuerza y confianza. Es la raza de los anchos horizontes y de las altas cumbres; la que logra en los espíritus la feliz conjunción del idealismo latino y el realismo norteño; la que pinta verdes ojos de valquiria en una cara de gitana, y cimbra donosos talles cual remedo de palmeras y ondula cabellos sedosos de color de noche o de color de sol. Es, en fin, para decirlo con palabras de un galano escritor nacional, la que produce el "formidable mestizaje” que brinda poetas a la lira y bellezas al amor.

El Instituto Cultural Boliviano-Alemán de Santa Cruz, que en este acto rinde su homenaje al Día de la Raza, recordando la proeza de Colón y los Pinzones, hace hoy propicia la ocasión para manifestar por mi sincero aunque indigno intermedio, que hará en la medida de sus fuerzas todo lo posible por demostrar que, así como en la Historia pudieron actuar juntos los hombres de todas las latitudes europeas, en el afán de darnos cultura y civilización, así también la fraterna colaboración de la Alemania excelsa y nuestra Bolivia fecunda, podrá producir frutos de provecho para todos.

Como un homenaje a la Madre España y a sus valientes y esforzados soldados —soldados de la espada o de la cruz— elevemos nuestros espíritus y hagamos el propósito de ser como de ellos decía nuestro poeta:

Varones que soportan impertérritos,
con singular empaque,
las contingencias, las vicisitudes
y las adversidades.

Hombres formados a plomada,
Verticales………

Escrito en 1955 y publicado el 14 de octubre de 1989 en EL DEBER.

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