Frente a la oscura situación creada por los obstruccionistas que, combatiendo solapadamente la obra más nacional de Bolivia —el ferrocarril Cochabamba-Santa Cruz—, no quieren ver la terrible y dolorosa realidad que ellos mismos crean, cabe preguntarse si esta vez, de nuevo y por nuestro mal, se impondrán los intereses subalternos y las voces que los interpretan, enmascaradas tras las falsas posturas de justicia y dignidad.
Aprobada la ley que creaba el impuesto de un boliviano por dólar que se otorgue a los importadores, maniobras de toda clase se pusieron en juego para escamotear al ferrocarril de Cochabamba esa ayuda. La representación paceña, presentando un idéntico proyecto con destino al ferrocarril a Yungas, y el Gobierno proponiendo otro gravamen distinto con destino a ambas obras en vísperas de que el Congreso se disuelva, han dejado prácticamente al aire todas nuestras expectativas. La maniobra de los diputados de La Paz, aunque no la disculpamos ni la justificamos, la comprendemos; lo que nuestro espíritu y nuestra confianza no pueden entender es la acción del Poder Ejecutivo, que por boca de su jefe, el Excelentísimo señor Hertzog, había comprometido seriamente su prestigio y su honradez al expresar en reiteradas oportunidades su propósito de atender a la prolongación y posible finalización de la línea de Vila Vila. Es este el tiempo en que el Presidente Hertzog —que lo es para todos los bolivianos— recuerde sus promesas, no olvide los aplausos que por ellas se le brindaron entre nosotros y lleve su mirada a aquella medalla que el pueblo cruceño —el pueblo de sus afectos, como él lo llama— le brindó con la imagen soñada de la locomotora bajando de la sierra y hendiendo sus praderas. De él es de quien depende ahora el porvenir de la nacionalidad y la tranquilidad de un pueblo que en otras ocasiones, cuando lo hirieron en sus más caros sentimientos, supo levantar airado su voz de protesta, demostrando la verdad del decir "León que duerme, potestad que reposa".
Y en esta ocasión en que señalamos los yerros de nuestros hermanos, no debemos olvidar los propios. Y ante el silencio de los que invisten la representación popular de Santa Cruz, lanzamos nuestra voz de admonición a aquéllos, llamándolos al cumplimiento de sus deberes. No es haciendo política menuda ni consiguiendo canongías para los amigos como se cumple el mandato democrático. Es, precisamente, interpretando el inequívoco sentir cruceño en casos como el que nos ocupa como se han de cumplir esos deberes. A eso los queremos impulsar, creyendo expresar el sentimiento general de nuestros paisanos.
Nuestras autoridades también deben preocuparse por la cuestión. Que tomen ejemplo de las cochabambinas que, sobre la marcha, empezaron a agitar la conciencia de ese pueblo —hermano en más de un sentido con el nuestro— y a hacer llegar al Gobierno el general repudio a las oscuras maniobras que vio el Parlamento. Como ellas, las nuestras deberían llamar a todas las fuerzas vivas del pueblo —y si lo hacen, darlo a conocer— para aunar los esfuerzos de todos en un solo grito, pujante y enérgico, que subiendo a las alturas desde las que se juega con nuestra suerte, demuestre que no somos ajenos al concierto nacional y que más bien nos honramos en ser los que con más celo defendemos el futuro de la Patria.
Quiera Dios que nuestra voz no se pierda y, hallando eco en los dirigentes de la cosa pública, se solucione tan vital problema de vinculación y estructuración nacionales. Lo estamos haciendo así porque creemos cumplir con nuestro deber de buenos cruceños y mejores patriotas y porque —diciéndolo en la frase del genial Unamuno— "nos está doliendo Bolivia en el cogollo del corazón".
Escrito y publicado en 1948 en LA UNIVERSIDAD. Interdiario de la mañana.

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