Continúa, ahora, y termina la disertación sobre la guerra acreana, del malogrado escritor.
“Por la tarde del 9 de octubre emprendimos la marcha sobre Bahía, haciendo noche en la pascana del Peroqui, pasado el tercer arroyo; y el 10 de octubre, a las diez de la mañana, acampábamos para almorzar en las pintorescas orillas del arroyo Floresta, a unos diez kilómetros de Bahía. Allí se acordó el plan de ataque a la barraca en esta forma: las Compañías primera y segunda, a la orden, respectivamente, de los jefes primero y segundo, atacarían la barraca por la parte de arriba; la tercera Compañía, a las órdenes del Capitán Tovar, ocuparía el centro a una distancia que le permitiera prestar su apoyo donde fuera preciso. A las dos de la tarde estábamos a unos 500 metros de las posiciones enemigas. Las exploraciones que mandamos practicar nos dieron por resultado que el enemigo ocupaba exclusivamente las casas de la barraca, defendidas por zanjas y trincheras. Se dio orden de avanzar. A horas tres y media estaba empeñado el combate.
Los brasileños fueron advertidos de nuestra presencia en Bahía por un individuo, tal vez un centinela —que estaba poco más arriba de la barraca— cuando las Compañías primera y segunda se aproximaban a tomar posiciones.
Luego de iniciados los fuegos, cayó mortalmente herido mi sobrino José Manuel Suárez, teniente primero de la segunda Compañía, y fueron heridos de poca gravedad el sargento Marcelino Taborga y el soldado Rómulo Lairana.
El fuego se hizo general y nutrido. Acababan de posesionarse las compañías, sin resultado. Esto me hizo pensar en un derroche inútil de balas. Nuestras municiones eran en cantidad muy limitada. Cada soldado había recibido 50 cartuchos y sólo quedaban 900 de reserva en el parque. Ante la contingencia de que escasearan las municiones, lo que suponía un desastre, resolví tener una conferencia con los jefes para ver la manera de acordar una ofensiva más eficaz. De la misma opinión era el tercer señor Farfán, y él cumplió la orden de retirarse y concurrir al sitio indicado. El sitio indicado era el campamento, que distaba unos 200 metros de las trincheras. En momentos que salía yo con el Secretario al camino principal, venía en dirección contraria el segundo jefe Moreira; recibió él mi orden para asistir al Consejo y más la de mandar un papel al primer jefe don Simón Moreno, ordenándole que se retire y venga al campamento. Moreno contestó que no hallaba conveniente la retirada porque habían tomado buenas posiciones y tres batelones cargados con víveres y otros artículos, y pidió que más bien se le mande un refuerzo de hombres y municiones. Sin más dilación, se le mandaron 400 tiros y ocho hombres de la cuarta Compañía, recomendándole economizar las municiones, y que durante la noche sólo se haga uno que otro disparo para hacer notar al enemigo nuestra presencia.
Se mantuvieron las posiciones de nuestras gentes durante la noche, que pasó sin novedad, redoblando la vigilancia, y sosteniendo la intermitencia de un fuego sin intensidad. Así amaneció el día 11 de octubre. En las primeras horas del día ninguno de los combatientes tomó actitud violenta.
Cuando el primer jefe Simón Moreno vino al campamento antes de reanudar el combate, le ordené arrojar las flechas incendiarias y él mismo llevó las flechas, que se guardaban en el parque, y más tarde mandó arrojarlas, sirviéndose de un soldado ixiameño, práctico en el manejo de esa arma.
A eso de las diez del día, acompañándome con el Secretario, el tercer jefe y el Ayudante Lawrence, visité las líneas ocupadas por las compañías primera y segunda, y bajé a donde estaba el cargamento que se había tomado al enemigo. Este cargamento se componía de mercaderías y víveres sacados de nuestros almacenes de Bahía, que ya los brasileños habían alistado para su traslación a otra parte. Volvía yo de hacer ese recorrido y hablaba con los jefes sobre las posibles emergencias de la reanudación del combate que ya se iniciaba, serían las once y treinta minutos, momento en que se oyó una descarga de fusilería en la banda opuesta del río. Eran refuerzos que los revolucionarios recibían de sus cuarteles de Nazaret. El segundo jefe ordenó al Capitán Román que con su Compañía impida el paso de los que nos atacaban por ese flanco. Los jefes Moreno y Moreira se fueron hacia las trincheras para dirigir el asalto. La tercera Compañía entró en acción. Yo, con el Secretario Pabón, el adjunto Lawrence y el tercer jefe fui a mi campamento para ordenar el envío de los hombres que hubiese disponibles. En llegando al campamento dispuse que el tercer jefe ordenase el retiro de un pelotón de ocho hombres que habíamos puesto para guardar el camino que viene de Nazaret, donde ya no tenían objeto; y como no hubiese regresado luego el tercer jefe, con la nerviosidad que imponían las circunstancias, volvía yo al sitio donde se libraba el combate, seguido por Pabón, el Capitán Tovar, cuando encontré al Capitán Ignacio Paz, que a todo correr venía a darme parte del triunfo.
Al ver la derrota de sus camaradas, se dispersaron los atacantes que venían de Nazaret sin atreverse a vadear el río.
Fue completo el triunfo de nuestras fuerzas; el enemigo dejó 53 muertos, de los que 27 habían caído en las trincheras. Acto seguido un Consejo de Guerra verbal celebrado en el mismo campo de acción resolvió el fusilamiento de los seis prisioneros, y la resolución se ejecutó inmediatamente, con las que llegaron a 59 las bajas del enemigo.
Este día 11 sólo tuvimos un muerto: José Manuel Bazán, de la clase de tropa, y Gonzalo Moreno, Capitán de la tercera Compañía, con dos heridas.
No obstante las terroríficas proporciones del incendio, apenas dos o tres brasileños murieron quemados; pero el incendio los desconcertó exponiéndolos a los fuegos certeros de los nuestros.
En la sesión del 11 yo propuse al Comité la conveniencia de que la Columna baje inmediatamente a tomar Xapury. Mi opinión no fue aceptada por la mayoría del Comité, pues se dijo que nuestras fuerzas no eran suficientes para acometer la empresa.
El día 13 avanzamos sobre Nazaret, cuartel de los revoltosos comandado por el Mayor Raimundo Cándido Araujo. A nuestra aproximación huyeron los de Nazaret. Después de pernoctar allí, pusimos fuego a la barraca y volvimos a Bahía. Luego pasamos a Porvenir, adonde arribamos el día 17”. Hasta aquí la relación histórica que hace don Nicolás Suárez de la batalla de Bahía.
Después de un descanso de tres semanas, la columna Porvenir se puso nuevamente en marcha, haciendo huir a los revoltosos brasileños de todos los puestos del alto Acre. Desafortunadamente, por otro lado, desde Xapury, Plácido de Castro con mil hombres marchó rumbo sur y atacó la barraca Costa Rica que estaba defendida por 40 bolivianos los que tuvieron que abandonar la barraca ante la superioridad de los brasileños, habiendo tenido nueve bajas los defensores bolivianos.
Sin embargo, Plácido de Castro tuvo temor de seguir avanzando y regresó a Xapury.
En marzo del año siguiente, o sea en 1903, llegó el Gral. Pando con 500 hombres del regimiento Victoria e hizo su cuartel general en Puerto Rico. Los brasileños apoyados por fuerzas regulares avanzaron entonces hacia el río Tahuamanu y se atrincheraron en la barraca Gironda a pocos kilómetros de Puerto Rico y allí se libraron acciones menores intercambiando fuego de fusilería sin mayores consecuencias, hasta que se firmó el Modus - Vivendi en mayo de 1903, entre el Gral. Pando y el Gral. brasileño Silveira, suspendiéndose entonces las hostilidades.
Los bolivianos conservaron la barraca Bahía, hoy Cobija, en el Alto Acre, siendo actualmente la capital del departamento Pando, pero los brasileños se quedaron con la margen izquierda del Alto Acre, con la enorme zona del Bajo Acre y el río Purus, que antes de la guerra ya estaba ocupada por ellos merced a la ocupación y penetración pacífica que no fue neutralizada por Bolivia. Nuevamente se perdió territorio que en forma definitiva fue cedido por el Tratado de Petrópolis firmado posteriormente.
Indudablemente el que lleva los mayores méritos de la defensa del Acre es don Nicolás Suárez: sin su ayuda económica no habría habido posibilidad de defender ese territorio, sus empleados y fregueses organizados por él en la columna Porvenir fueron los que detuvieron el avance brasileño, que de otra manera habría llegado hasta Riberalta, perdiéndose todo lo que ahora es el Departamento Pando. El Gral. Pando bajó desde La Paz con sus 500 soldados, después de vencer muchas dificultades, por la vía del alto Beni, pero fuera de algunas escaramuzas de fusilería, no libró ninguna batalla, firmando rápidamente el Modus - Vivendi. Ésta es la realidad histórica.
Se ha querido empañar la actuación de don Nicolás Suárez diciendo que en Bahía él propuso a los brasileños que le devuelvan sus mercaderías que estaban en los depósitos y que él se retiraba sin librar la batalla; esto fue obra del maquiavelismo altoperuano, que utilizó al Coronel Federico Román para hacer estas publicaciones en una revista militar 25 años después de la batalla de Bahía. El Coronel Román que entonces, durante la batalla de Bahía, era un humilde siringuero que estuvo a órdenes de Suárez, se prestó a esta calumnia manchando su nombre de militar de honor, pues fue desmentido por todos los personajes que libraron dicha batalla. Estos datos están publicados por don Nicolás Suárez en su libro “Anotaciones y documentos sobre la campaña del Acre”.
Nicolás Suárez gastó 70.000 libras esterlinas de su propio bolsillo en la campaña, y el gobierno jamás se las reembolsó, no obstante de que éste le pidió enviar toda la documentación para que esta suma sea cancelada, pero luego todo quedó en nada por falta de recursos del Estado. Además de esto, los miembros de la Columna Porvenir recibieron como premio de parte del Gobierno una suma de alrededor de 300 $b que fueron entregados en bonos. Dichos bonos jamás fueron pagados por el Gobierno. Don Nicolás Suárez, a sus propios trabajadores que lucharon con él, les compró sus bonos como una forma de ayudarlos, y tampoco el Gobierno le pagó los bonos a Suárez.
La fortuna de Don Nicolás Suárez se cimentó con trabajo, pero indudablemente cometió algunos actos de injusticia, donde no estuvieron ausentes muchas lágrimas ajenas; pero no hay que poner en duda que el hombre fue un gran defensor de la heredad nacional. Sin él habría sido imposible la defensa boliviana en la Guerra del Acre. En justicia, el departamento Pando debió llamarse departamento Nicolás Suárez, como un homenaje a este pionero cruceño que lo ocupó, lo industrializó y lo defendió con riesgo de su propia vida.
También el altoperuanismo trató de echar sombras sobre don Simón Moreno, que comandó la primera compañía de la Columna Porvenir. En efecto, el “Diario de la campaña del Acre” publicado por Donato Pabón que comandaba la segunda compañía dice que después del triunfo de Bahía, don Simón abandonó su Compañía el día 12 de noviembre de 1902, con el pretexto de ir a buscar ropa que le estaba faltando pero que era por miedo al avance de Plácido de Castro desde Xapury, y en el diario lo considera desertor dándolo de baja; sin embargo, el día 19 en su diario dice: "Llegó Simón Moreno con una canoa con víveres", pero no tiene Pabón la hidalguía de reconocer que don Simón Moreno había vuelto a incorporarse a su compañía, no mereciéndole ningún comentario a través del cual reconozca su error.
De todo esto se desprende que los pocos collas que intervinieron en la Columna Porvenir quisieron adjudicarse los méritos, subestimando a los cruceños y benianos que integraron la Columna Porvenir en un 95%. Afortunadamente don Nicolás Suárez, con la publicación de los documentos y anotaciones de la Campaña del Acre, echó por tierra la fantasía y sueños del altoperuano demencial.
Con el Tratado de Petrópolis se cierra nuevamente otra página negra para la historia de Bolivia. El tratado establece los nuevos límites que hasta ahora conserva el departamento Pando. Además en compensación, establece que el gobierno brasileño entregaría dos millones de libras esterlinas, para la construcción de carreteras y ferrocarriles que unan los centros de producción del Norte del Departamento del Beni y el entonces llamado Territorio Nacional de Colonias (hoy departamento Pando) con el Brasil. Este país pagó el primer millón de libras esterlinas al gobierno boliviano, pero el Presidente Montes lo utilizó en construir el ferrocarril Oruro - Villazón. El gobierno de Brasil objetó el ferrocarril mencionado, que más bien unía el altiplano con la Argentina, y no entregó el otro millón de libras esterlinas.
Tenían que pasar muchos años hasta 1938 en que el Brasil se interesó en construir el ferrocarril Corumbá - Santa Cruz y sugirió a Bolivia la utilización del millón de libras esterlinas impago en la construcción de este ferrocarril. La representación parlamentaria beniana en la Convención de 1938 cedió la mencionada suma a Santa Cruz y en compensación se estableció que el 20% de las regalías petroleras de Santa Cruz se utilizara en la construcción de vinculaciones camineras o mejoramiento en las comunicaciones fluviales entre los dos pueblos hermanos.
Los convencionales de 1938, que fueron lo más grande de la intelectualidad de los tres pueblos que construyeron la cruceñidad: el pueblo cruceño, el pueblo beniano y el pueblo pandino, llegaron a firmar el pacto de caballeros, que cristalizó en muchas acciones y obras en beneficio colectivo y que debe ser, dicho pacto, el ejemplo imperecedero que proyecte a nuestros pueblos a las alturas que se merecen por su raza y por su sangre. La historia nos ha enseñado que el pueblo Oriental tiene que ser el vigía de su propio destino y no confiar más el cuidado y seguridad de su inmenso territorio a gentes que por habitar en zonas andinas no comprenden la geopolítica de la llanura. La cruceñidad tiene sus propios valores materiales, intelectuales y espirituales. Ha llegado a la madurez de su desarrollo integral. De aquí en adelante somos sólo nosotros los responsables del futuro y de nuestro propio destino.
Escrito en 1985 y publicado el 7 de enero de 1990 en EL DEBER.

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