Entre la confianza y la suficiencia

 


Aunque el tema electoral, por manido, a veces se excusa en esta tarea diaria del comentario editorial, no creemos que esté de más cuando algunas candidaturas se extralimitan en su confianza y anuncian su intervención en los comicios, como quien va a cumplir en la elección misma un detalle sin importancia, porque la tienen "segura".

Comprende todo el pueblo que quien se lanza de candidato tiene la esperanza de triunfar; si no la tuviera, mejor haría quedándose en su casa. Se entiende también que, en algún caso, la candidatura sea "un saludo a la bandera", para permanecer vigente en el acontecer político futuro o para recordar un ideal al que se permanece fiel, pese a todo. Pero hablamos ahora de aquellos políticos que, en mayor o menor grado, tienen una razonable posibilidad de éxito, poseen una estructura partidista importante y se presentan ante el pueblo soberano, sometiéndose a sus designios.

Éste es el punto clave: el sometimiento a la voluntad popular, expresada mediante el voto individual y secreto y, consiguientemente, desconocida hasta el momento en que se abren las urnas, se cuentan los sufragios y se establecen los resultados.

Pero he aquí a otra especie de político, ya no humildemente peticionario, sino agresivamente seguro. "El pueblo ya se pronunció", llega a decir tras una manifestación, concurrida sí, pero que no garantiza ni de lejos el resultado definitivo. Es el político que convoca a un plebiscito mudo, queriendo sustituir con la algarada la solemnidad de la elección directa. Es el típico caudillejo que hasta bautiza su pronunciamiento con burda imitación del aumentativo que la historia política nacional y latinoamericana guarda entre sus páginas negras. Ofrecer al pueblo algo como el "mamertazo" o el "bogotazo", no es precisamente confiar en los votantes, sino enceguecerse de mesianismos pasados de moda.

El político inteligente, el dirigente sagaz, sin perder la esperanza que, indudablemente, debe poseer, no se adelanta al resultado ni trata de imponer a la mala su omnímoda voluntad. Más bien, halagando al ente multitudinario, le pide su voto, le solicita su apoyo, le ruega su confianza. No dice soberbio: "Ya he ganado", sino que se acerca a las personas y les expresa que triunfará con ese voto más, con ese apoyo que antes nadie fue a pedir, con esa confianza que él se cree merecer.

Mucho tendrán que aprender todavía nuestros políticos de democracia y de respeto al pueblo. Falta les hace a algunos confesarse sinceramente demócratas y arrepentirse de huecas demagogias y veladas tiranías. No será con poses de matón como conquistarán la voluntad popular, ni será con afirmaciones ajenas a la realidad que desfigurarán la verdad del comicio.

El pueblo confía que las elecciones del 1.º de julio sean serias, honestas y, sobre todo, respetables y respetadas. Los análisis señalan una tendencia, al parecer ya invariable, que impedirá el cumplimiento de la condición constitucional de la elección directa de los primeros mandatarios y remitirá al Congreso la decisión final entre los tres más favorecidos por el voto popular. A ninguno de ellos le está permitido torcer a su arbitrio la voluntad soberana de la nación. No habrá maniobra que lo logre y si, en mala hora, el que se crea predestinado desconoce la ley o pretende saltársela como gazapo, tendrá a todos en su contra.

Vamos por el camino de las urnas —el menos malo de los sistemas políticos, según ya clásica expresión de Churchill— y busquemos las soluciones que pide a gritos Bolivia, esperando pacientemente los cómputos, porque, como decían nuestras abuelas, "las Seguras se murieron".

Publicado el 21 de junio de 1979 como editorial en EL MUNDO.

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