Abstrayendo de la gran cuestión acerca de nuestras universidades oficiales, es útil enfocar los casos del abogado y el juez —que en ellas son preparados— a la luz de los conceptos que, tiempo atrás, expresara Marcelo Terceros, a esa sazón Decano de la Facultad de Derecho, a pedido del cuerpo de jueces de Santa Cruz de la Sierra.
Mucho podría decirse sobre la responsabilidad del magistrado en la sociedad, pero tales conceptos resultarían repetidos de los que ahora y en años anteriores se han dejado oír en esta sala de Audiencias, y reiterativos en la conciencia de los señores jueces cruceños, distinguidos por su honestidad, por su sentido social.
Por ello, al rendirles un homenaje en el día señalado por el nombre de don Pantaleón Dalence, quisiera solamente incidir en dos aspectos que juzgo importantes, por su actualidad el uno, por su permanencia el otro. El primero será el del papel que toca al jurista en el proceso del desarrollo nacional; el segundo, el de la Facultad de Derecho en la formación de juristas, no sólo para el foro, sino también para la magistratura, para el asesoramiento y para toda manifestación político-social de la región y del Estado. Mucho se habla ahora del proceso del desarrollo. Gusta darle a la palabra resonancias económicas, peculiaridades técnicas, contenido social y gusta también —por prejuicio o por ignorancia— ponerles como una valla, como una prohibición a los profesionales de la ciencia del Derecho, que estarían como excluidos del proceso, como exorcizados de la tarea que, afirman, "no hay que dejar contaminar". Los que así piensan, desgraciadamente, son numerosos. Creen que el desarrollo se plantea en el campo económico exclusivamente y olvidan que nada es sólido si no está firmemente afincado en la roca del Derecho. Nosotros, que lo sabemos, debemos repetirlo y no podemos abandonar posiciones. Si el abogado tendrá la misión de defender los intereses de su cliente —sea un individuo o una corporación, sea privado o público—, el asesor jurídico deberá aconsejar a los entes a los que sirve para que los programas se canalicen por los amplios senderos de la Ley y el orden. Si el funcionario o el legislador deberá buscar que las disposiciones a dictarse —administrativas o fundamentales— interpreten la necesidad común y beneficien a la colectividad, el Juez, en su caso, deberá aplicar el Derecho con sentido social, no en la rígida y seca terminología casuística, sino en la viviente, sentida y humana decisión. De paso digamos, al respecto, que no es por nada que en nuestro idioma, tan rico de expresiones, la decisión judicial, la sentencia, tenga la misma raíz semántica que el sentimiento.
Caigamos, pues, en la cuenta de que a todos nosotros, hombres de Derecho, nos espera una tarea en la urgente y necesaria promoción del desarrollo. Ella se manifestará en cien facetas distintas, según la especialidad o el trabajo que se encomiende a los juristas, y a ella no escapará tampoco el Juez, intérprete de la Ley, calificador de los hechos sociales y responsable de las decisiones que el Estado, por su voz, toma en cada caso controvertido. Parafraseando a un connotado especialista en temas de desarrollo, concluyamos este punto diciendo que es tan importante esta tarea que no debemos abandonarla a manos de políticos y economistas, sino que estamos obligados a ponerle el hombro los hombres de la Ley.
¿De dónde han de salir estos hombres de la ley, dónde se han de formar los futuros asesores de los planes de desarrollo? Tengo que referirme ahora, brevemente en obsequio a vuestra amable atención, a mi Facultad, a la genitrix universitaria, a esa Escuela de Derecho de donde ha salido el noventa por ciento o más del foro cruceño y del cuerpo judicial. Se ha pretendido también, a veces, denigrarla y darla por innecesaria; se ha hablado de una fábrica de doctores y se ha considerado, por supuesto que sin fundamentos y sin perspectivas de éxito, su desaparición. Soportando esos ataques, puliéndose a sí misma en el diario mejoramiento, proyectándola hacia un porvenir ampliado, la Facultad quiere ponerse al servicio de la colectividad.
Seguirá preparando, lógicamente, abogados; pero ya tiene dados pasos importantes para que la formación no se quede sólo ahí, sino que vaya modelando al Juez del futuro, enseñando a sus jóvenes alumnos a razonar jurídicamente, a sopesar argumentos y a crear un espíritu de rectitud y de servicio. Y más allá, quisiéramos que las posibilidades nos permitan formar funcionarios y asesores, dar vigencia a los capítulos de Ciencias Sociales y Políticas, fomentar la investigación y crear, en fin, los profesionales del Derecho en toda la amplitud que esta gran ciencia alcanza.
Para terminar, señores magistrados, jóvenes auxiliares de la justicia, os ruego que aceptéis estos conceptos, tal vez inesperados y fuera del sentido estricto de este acto, como el homenaje que la Facultad de Derecho, y con ella la Universidad cruceña, os dedica en vuestro día. Que si Dalence fue un sabio intérprete de la ley, lo fue porque supo compenetrarse y aún adelantarse a su tiempo. Y eso es lo que quisiera el decano que os habla: que cada uno de vosotros tuviera la lucidez de mente, la honestidad de conciencia, la ductilidad de juicio y la visión de futuro que distinguieron al patricio de nuestra judicatura.
Escrito en 1964 y publicado el 1.º de julio de 1990 en EL DEBER.

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