Es conocida de todos la inquietud que se vive entre los sectores agroindustriales dedicados al cultivo y al procesamiento de la caña de azúcar, que constituye uno de los principales elementos de la problemática departamental. En las últimas semanas han habido manifestaciones y pronunciamientos relativos al tema, ora por la tardanza en iniciar la zafra, ora por los problemas de financiación de la molienda.
Solucionados con inmediatez ambos extremos, no hay todavía una certeza firme en cuanto al problema en general y ya se escuchan protestas de parte de aquellos que se sienten perjudicados por la distribución impuesta por la autoridad en cuanto al destino de la producción azucarera: una parte, principalmente proveniente de los ingenios privados, destinada al consumo interno y otra, en general la de los ingenios de propiedad estatal, supuestamente a venderse en el mercado externo, del que se conocen las desventajas.
Se nos ocurre, sin embargo, que el problema en grande no ha sido planeado como debiera, limitándoselo a la simple producción de azúcar y echando al olvido o no dándole la importancia que merece, la obligada producción de alcohol, antes tenida por subproducto y ahora —en tres partes— atendida como solución siquiera parcial de mayor y universal, como es el de la energía.
Por sabido callamos los detalles de este problema que atinge a países desarrollados y a países pobres, pero anotamos que es clara como el día la posibilidad de que el petróleo se agote en el mundo en los primeros lustros del próximo siglo. El sustituto tenido por seguro —la energía nuclear— aparte de que por caro no está al alcance de países como el nuestro, comienza a presentar factores negativos de inseguridad que lo hacen indeseable aún de aquéllos que podrían costearlo. El gas natural, del que parece que somos poseedores en volúmenes importantes, deberíamos manejarlo con el cuidado que merece un recurso no renovable y con la inteligencia que requiere una innegable fuente de divisas. Y valga la comparación, el azúcar, por más que rebajemos costos y perfeccionemos su obtención, no nos atraerá gran flujo de monedas duras, dadas las condiciones inestables del mercado, caracterizado siempre por sus periódicas crisis.
Pero de la caña podemos obtener alcohol, que refinado hasta convertirlo en anhidro o absoluto, está siendo ya usado como sustituto de la gasolina, parcial o íntegramente, en los motores de combustión interna generalmente usados para movilizar al parque automotriz. Y no sólo de la caña, sino de la yuca o del maíz o de muchos otros vegetales productores de féculas, es posible obtener alcohol. Aquí cerca, en el Brasil, un audaz y ambicioso plan denominado "Proalcol" ha elevado los tradicionales cultivos de caña en el Noreste. Ya no para producir azúcar sino directamente para fabricar alcohol, y ha incrementado el cultivo de la yuca en los terrenos semiáridos del enorme interior de ese país, con idéntico propósito, y está mezclando ya ahora toda la gasolina que usan sus vehículos en proporción de por lo menos 20%. Y no para ahí el proyecto, sino que estudian la producción de motores que utilicen el 100% de alcohol como combustible.
Teniendo abierta esa posibilidad, enfrentados como están con los problemas de comercialización del azúcar, ¿cómo es posible que el Gobierno, la CNECA, los industriales y los propios agricultores no se hayan preocupado por informarse y estudiar esta solución? No solamente podríamos espantar el fantasma de la escasez de gasolina, sino que podríamos abrir nuevos renglones de exportación, ya sea poniendo al máximo la capacidad de producción de los actuales ingenios, sino hasta posibilitando la creación de otros nuevos. Los cañeros y otros agricultores, podrían entonces ahorrarse las preocupaciones que ahora les quitan el sueño y pensar que, de la tierra noble que nunca niega sus frutos al que la trabaja inteligentemente, podrían tener la prosperidad que merecen.
Publicado el 19 de junio de 1979 como editorial en EL MUNDO.

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