Así intituló Marcelo, en 1948, uno de los numerosos artículos que dedicó al tema del Ferrocarril Cochabamba - Santa Cruz, cuya recordación es oportuna con motivo del reciente 87º aniversario de la Sociedad de Estudios Geográficos e Históricos, fundada el 12 de julio de 1903.
El Memorandum que en 1904 elevó la emérita Sociedad a los Poderes de la Nación, muestra cómo el ideal integrador ferroviario, fue tópico y móvil capital en la mente de los Suárez Arana, Burela, Molina, Sandoval y demás próceres civiles que la crearan, también con el santo y seña del orientalismo.
El ideal, aparentemente descuidado, revive, así, en la palabra clara, firme, directa de Terceros Banzer.
Mientras el Parlamento ha sancionado una ley por la que se crean nuevos recursos para la prosecución de los trabajos del ferrocarril Cochabamba - Santa Cruz, con el franco aplauso de todos los que conocemos y sentimos la necesidad de la obra, voces de incomprensión, carentes de sensibilidad y miopes para prever dificultades, se han levantado contra esa disposición con argumentos que, lejos de ser "inobjetables" como ellas mismas los califican, tienen abiertos sus cuatro cantos al más desapasionado examen.
Cuando para referirse a la ferrovía con que el Oriente sueña ha muchos años, se emplean términos indignos como aquellos de "ferrocarril sin sentido ni justificación económica alguna", "vías paralelas" o que sólo servirían para "satisfacer sentimentalismos o intereses secundarios", la conciencia cruceña y boliviana se subleva en defensa de un viejo ideal y de la propia existencia futura de la nacionalidad.
Una y mil veces se ha repetido —y seguirémoslo repitiendo siempre— que la real vertebración boliviana se operará única y exclusivamente en base al ferrocarril de Cochabamba. De ahí porqué, sin renegar de la carretera que se construye —casi exclusivamente con fondos proporcionados por los contribuyentes cochabambinos y cruceños— salgamos de nuevo en defensa del ferrocarril.
Ya se ha dicho y se ha demostrado que las dos vías —ferrocarril y carretera— aunque tengan los mismos puntos terminales benefician a regiones diferentes; queremos creer que sea mala memoria y no malicia la que eche a un lado estas consideraciones. Por otra parte, querríamos no vincular las contingencias políticas de una elección con la desembozada campaña contra una obra eminentemente nacional y nacionalista. Y no es tampoco nuestro afán traer a colación calificaciones despectivas para nuestra tierra, que últimamente nos traen los papeles impresos de La Paz. Pero de todo ello es nuestra intención sacar una conclusión: la de poner en estado de alerta a nuestras autoridades, representantes e instituciones, al pueblo todo, a fin de precaver un empeño más fuerte y unos desastrosos resultados.
Si nosotros, pidiendo lo que nos corresponde y haciendo por la Patria común todo lo que podemos, no hemos apuntado nuestro dedo hacia obras que —bajo el disfraz de la unidad y la vinculación nacionales— sólo van a beneficiar a provincias de esa otra Bolivia siempre favorecida por los poderes estatales, tenemos pleno derecho a gritar nuestra protesta, aunque no sea más que para que rebote en el duro y frío pedregal de la incomprensión y los intereses creados.
Pero que lo sepan de nuevo todas las gentes del país. Que lo recuerden los que ya antes se hicieron sordos al clamor de todo un pueblo. Que lo aprendan los niños para que ellos —si nosotros no lo logramos— continúen en la brega. Santa Cruz, en nombre de la patria, exige el ferrocarril de Cochabamba.
Escrito en 1949 y publicado el 15 de julio de 1990 en EL DEBER.

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