Dentro del devenir histórico latinoamericano, caracterizado por la turbulencia y la inestabilidad política, sólo parece haber una constante que ha marcado con matemática precisión el desarrollo de nuestras sociedades. Es la alternabilidad civil-militar en los gobiernos de la región.
Con la excepción de unos pocos países, la gran mayoría se ha caracterizado por tener a civiles y militares, sucesivamente, en el gobierno por períodos más o menos largos, según el caso, pero que inevitablemente llegan a su fin completando un ciclo autoritarismo-democracia-autoritarismo.
Nuestro país —y muchas veces, curiosamente, lo señalamos con orgullo— no ha escapado a este sino. Más aún, todos estamos conscientes de que hemos sido de los más afectados.
Conviene detenerse a reflexionar un poco más sobre este aspecto, ahora que estamos recomenzando el ciclo con nuestra próxima "democratización". ¿Cuál o cuáles han sido las causas de esa inestabilidad? ¿Dónde se encuentran las razones de fondo que explican estos ciclos al parecer inevitables? Las respuestas que se han dado son muchas y probablemente todas ellas tengan su cuota de verdad. Pero hay una que nunca la damos, porque no queremos darla: nuestra falta de educación para la democracia.
Es que somos un país sin tradición genuinamente democrática. No sabemos vivir en democracia, porque no hemos sido educados para la democracia. Nos quedamos en lo formal, en lo menos importante: las elecciones, la papeleta, los diputados y todo aquello. Lo que debiera ser la cáscara, en nuestro caso es el fruto.
Intentamos cada cierto tiempo ponernos el traje adulto de la democracia y no nos fijamos antes si hemos crecido lo suficiente para que nos quede bien. Vamos de atrás para adelante, de fin a comienzo.
El modo de vida democrático pareciera no responder a los lineamientos íntimos de nuestra personalidad ciudadana. Decimos querer la democracia y no la practicamos, ni en los aspectos más elementales del diario vivir.
El respeto por los derechos ajenos es idioma extraño a nuestros oídos. El nepotismo, el soborno y la prepotencia tienen la preferencia. La opinión ajena rara vez cuenta. La observancia de la ley y la sanción a aquel que la infrinja es letra muerta.
Vivimos una suerte de ley de la selva donde triunfa el audaz sobre el capaz, el corrupto sobre el honesto, el improvisado sobre el preparado.
Estamos a unos días de tener nuevos gobernantes y todo lo que escuchamos es contra qué debemos luchar, contra quienes debemos sufragar. La intolerancia y el sectarismo parecen ser el lenguaje común de aquellos llamados a dar el ejemplo.
Debemos reconocer con humildad que sólo si actuamos con responsabilidad, cordura y madurez cívica, todos, dirigentes y dirigidos, civiles y militares, moros y cristianos, seremos capaces de educarnos para la democracia y, con ella, crear condiciones efectivas para vivir en un régimen democrático permanente.
Hasta que así sea, todos los intentos por contar con gobiernos democráticos y estables, no pasarán de los buenos deseos y el ciclo cumplirá su signo fatídico una vez más.
Publicado el 28 de junio de 1979 como editorial en EL MUNDO.

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