Hallándose ya en prensa el estudio de Marcelo sobre el genial dominico español Fray Francisco de Vitoria, padre del Derecho Internacional, brindamos a nuestros lectores el texto de una primera parte de la obra.
A dos meses de haberse celebrado el cuarto centenario de la muerte del maestro Fray Francisco de Vitoria, O.P., bueno es recordar su obra imperecedera y restituirlo al sitial de honor que le corresponde, en su indiscutible calidad de fundador del Derecho Internacional, de la que vanamente trataron de proscribirlo con la conspiración del silencio que alrededor de él tramaron, durante siglos, los que pretendían quitar a España una de sus glorias más legítimas y a la Religión el honor de que fuese uno de sus frailes el que, un siglo antes de Grocio, propusiese y enseñase en la Universidad de Salamanca, los principios fundamentales de la disciplina jurídica aplicada a la relación entre los pueblos.
Y es aprovechando de la proximidad de ese centenario que pretendo ahora, en la medida de mis posibilidades, trazar los rasgos salientes de la personalidad del ilustre dominico y estudiar, aunque someramente, las tres principales relecciones que le valieron el título de creador del Derecho Internacional: la "De potestate civili”, correspondiente al curso de 1527-28, dictada por Navidad de 1528, la "De indis”, correspondiente al curso de 1537-38, dictada alrededor del 1º de enero de 1529; y la "De jure belli" correspondiente al curso de 1538-39 dictada el 19 de junio de 1539.
Conclusión que he de sacar de este breve ensayo será la actualidad de las doctrinas jurídicas internacionales del P. Victoria, ahora que la humanidad afronta, una vez más en su azarosa existencia, los problemas de la paz y la seguridad mundiales, porque las enseñanzas del maestro salmantino, por ser enseñanzas de Verdad, dan al aspecto espiritual la preeminencia innegable sobre el frío pragmatismo de los tratados y aún más sobre la estulticia enervante de una filosofía materialista que pretende uncir al yugo cruel y único de lo económico la totalidad de las manifestaciones humanas.
Apegado en mis estudios a la rama de las ciencias jurídicas que se ocupa de fijar normas referentes a las siempre necesarias e inevitables relaciones entre las naciones de este nuestro mundo, cada día más pequeño, más uno, me ha parecido noble y edificante revivir el recuerdo de su fundador, en cuya persona vienen a conjuncionarse, por preciosa coincidencia que mi mente no quiere ni puede escapar, dos sentimientos míos, guardados entre los más preciados que mantengo, el uno suprahumano, de fervorosa adhesión y lealtad inquebrantable a la Iglesia, que tuvo y tiene en el maestro Vitoria un justo y legítimo timbre de orgullo, y el otro, romántico si se quiere, de amor filial, cariño entrañable y admiración sin límites hacia España, cuna de Fray Francisco y patria de nuestra patria.
Sencilla, sin recovecos oscuros, sin dobleces de falsía, fue tal la vida del P. Vitoria. Nacido en la capital de Álava, en fecha aún no precisada, pero que está comprendida entre 1480 y 1486, (el P. Getino, su biógrafo, indica que "no nació antes de 1483 ni después de 1486"; y la Enciclopedia Espasa señala éste último -1486-, como su año de nacimiento; aunque hay quien, "con error notorio", aclara D. Ángel Ossorio Gallardo, lo hace venir al mundo en 1473) se había educado en Burgos, donde ingresó al convento dominico de San Pablo. No aclarada aún la cronología vitoriana correspondiente a la primera época -que abarca hasta que opositó a la Cátedra de Prima en la Universidad de Salamanca, en 1526- hay quien afirma que profesó las órdenes "a comienzos del siglo XVI", y quien señala concretamente el año de 1509 como el de su ordenación sacerdotal. Continuó sus estudios superiores en París, los que fueron concluidos en 1513, fecha que señala el fin del período estudiantil, muy pronto, en 1516 ya le encontramos enseñando en la misma reputadísima Universidad parisiense, como catedrático de Teología hasta 1522, habiendo pasado, a fines de dicho año, a enseñar en el Colegio de San Rector de Valladolid, donde quedó durante tres cursos, llegando a ser Rector de él, según algunos, lector mayor, según otros, o simplemente catedrático.
Como tenemos dicho, en 1526 opositó a la cátedra de Prima de la celebérrima Universidad salmantina, que había vacado a la muerte del P. Pedro de León, quien desde 1507 la había desempeñado. Le tocó a nuestro Vitoria dirimir posiciones con el P. Margallo, erudito profesor portugués, que venía desempeñando la cátedra de filosofía moral en la misma Universidad. Eran estas oposiciones, máxime si se trataba de cátedra tan importante como la de Prima, ejercicios intelectuales profundos, consistentes en explicar durante varias semanas, al cabo de las cuales, los propios alumnos, transformados en jueces, daban su veredicto.
Francisco de Vitoria, hábil expositor y discípulo aventajado de Santo Tomás de Aquino, desde el comienzo empezó a revolucionar los estudios universitarios, cambiando el antiguo método, consistente en seguir para las explicaciones las sentencias de Pedro Lombardo, por uno nuevo, que tenía su base en la Summa Theologica del Doctor Angélico. Ya así había enseñado Vitoria en París y en Valladolid, y aunque siglo y medio de costumbre aferraba a los salmantinos al método de las sentencias, no por eso se desanimó el novel Catedrático de Prima, quien demostró, a las pocas explicaciones, las ventajas de la Summa. "Si ello produjo al principio alguna extrañeza, la autoridad del nuevo profesor debió imponerse muy pronto, no sólo entre los estudiantes, que le dieron su voto, sino también en el senado universitario. Por otra parte, sabía él presentar las cosas con tal orden y habilidad, que sus innovaciones, envueltas en un aire de respeto a la tradición, eran recibidas con general agrado”, dice la Enciclopedia Espasa.
Otra reforma introducida por Vitoria a los claustros universitarios, fue la de las anotaciones que los alumnos tomaban de las explicaciones del profesor. Difícil es, dice la misma célebre Enciclopedia, que ésta haya sido una imposición vitoriana. Y aun más que difícil casi imposible, pues para ella se necesitaba la compenetración íntima y veraz de cada uno y otros, maestro y alumnos. Su realización exigía una perfecta inteligencia y colaboración mutua, sin la cual hubiera sido imposible obtener ningún resultado. Más que todo, la fama del doctor sorbónico, la simpatía que irradiaba su personalidad, de la que nos hablan sus amigos y contemporáneos, y el cariño y respeto recíprocos, pudieron obrar el milagro.
No se contentaba Fray Francisco con dictar sus clases en el claustro. Su obra iba más allá y siempre lo vemos en su celda del convento de San Esteban, continuando con sus explicaciones, corrigiendo los apuntes que, amorosamente, tomaban los alumnos (de Fray Tomás de Cháves, el futuro confesor de Felipe ll, nos consta que corrigió unos apuntes tomados "con gran cuidado y avidez... para conservarlos cual tesoro eximio"), o simplemente, conversando, en amigable charla, con maestros y discípulos, atraídos por su mágica palabra.
Maestro, en el amplio sentido de la palabra, una rectitud de criterio, intachable siempre, y no doblegada ni ante la majestad de soberanos, fue norma de toda su vida. Su voto contra los dispendiosos gastos que se proponía hacer la Universidad con motivo del matrimonio del Príncipe Don Felipe cuando poco tiempo antes los estudiantes llegaban a las porterías de los conventos, en busca de la caridad de un pedazo de pan con el que matar el hambre, redactado en severos términos de condenación, nos da una idea de esa rectitud. Y no menos digna es su actuación en la consulta hecha por la Emperatriz Gobernadora, en ausencia de Carlos V a la Universidad, con referencia a la tentativa de divorcio intentada por Enrique VIII de Inglaterra contra Catalina de Aragón, su esposa, de quien eran sobrinos los reyes españoles. En su relación "De matrimonio”, correspondiente al curso de 1529-30 y dictada en 25 de enero de 1531, aprovechó el maestro para expresar su libertad de criterio, que llegaba a límites casi insospechables en un sacerdote que, amante de la justicia, daba siempre a cada uno lo que le correspondía, sin parcializaciones de ninguna naturaleza. D. Ángel Ossorio y Gallardo escribe al respecto: "Digamos con orgullo que en el arduo negocio planteado por Enrique VIII a quien tantas potestades eclesiásticas y temporales se rindieron, un humilde fraile español tuvo el valor bastante para proclamar los fueros de la verdad y la justicia”.
Escrito en 1946 y publicado el 15 de abril de 1990 en EL DEBER.

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